lunes, 5 de marzo de 2012

Aspiraciones sin destino. Félix Pettorino.

Educando a Kevin Verdejo.

         – Kevin: ¡Dentra a la casa! ¡Te lo habís llevao toa la tarde jugando jurbo y nu' habís empezao ni siquiera a hacer tuh tareas!
         Micaela Verdejo, la madre, ha abierto bruscamente la puerta de calle con una escoba en la mano, justo en el instante en que Kevin acaba de hacerle un gol con un zurdazo impresionante a un vecino que estaba haciendo de “portero”.
         – ¡Ya voy, vieja, ya voy! Y por faor, mamá, no me sigái gritando, mira que al tiro no má ehtoy dentrando a la casa...
         Madre e hijo viven como los únicos moradores de una mediagua construida a raíz del terremoto de 1985 dentro de un campamento de casuchas miserables  en la población La Legua de la capital. Del papá, ¡ni noticias!: Hace una chorrera de años, cuando Kevin recién empezaba a gatear, que se las enveló del hogar con otra mujer, sin más excusa que el silencio más absoluto.
         Durante el incidente callejero de madre//hijo aparece repentinamente un hombre mal vestido y encorvado que se detiene sonriente a contemplar la escena sin dejar de espetar su talla:
         – Con too respeto, iñora, ¡eje nomáh jugar al cauro chico pa’ que ejercite lah patita, que hartaza farta le van a hacer en la vía, no sólo pa’l jurbo, sino tamién pa’arrancar ‘e loh pacomios!…
               Las palabras del chistoso impertinente no le hacen la menor gracia a la mujer.
    – ¿Y quién te ha autorizao a voh, curao ‘e mierda, a meterte en mih asunto? ¿No vis que el cauro ya está dentrando a la casa?  Pa’ otra ve sería máh mejol que cerrárái el hocico ante de venire a haular purah huevás!
     El hombre, sorprendido por una reacción que no esperaba, replica:
         – No me le enoje, mi reina. Usté no máh eh la que manda acá, así que ¡mil perdone! Y yo muero pollo –agrega el transeúnte aguantando la risa mientras hace el aspaviento de taparse la boca con las manos.
         Una vez dentro de la casa y cerrada la puerta de calle, Kevin, después de recibir en plenas posaderas el consabido escobazo materno, parte rumbo al comedor  sobre cuya mesa aletean algunas hojas entreabiertas de sus libros y cuadernos merced al viento que entra a raudales a la habitación gracias a los numerosos agujeros abiertos en las paredes. Dicen que son balazos salidos de peleas entre pandillas de narcos…
De mala gana Kevin se sienta en una sillita rústica de madera, se soba fugazmente el sitio donde aterrizó el aventón materno, coge un lápiz y, mal que le pese, se dispone a cumplir con sus cotidianas tareas escolares. Agacha la cabeza a medida que escribe y borra sobre el cuaderno con una goma manchada con tinta azul, luego vuelve a escribir y a borrar, sin dejar de repetir la operación, hasta que cogiéndose las sienes con ambas manos, se pone a llamar a gritos a su progenitora. Las voces potentes del muchacho se anuncian como verdaderos alaridos de desesperación:
         – ¡Ven, viejita, ven, que no entiendo ni jota lo que la profe quiere qui’ hagamo! ¡No sé cómo hacer esta tarea de Lenguaje. Tengo que ponerle un simónimo a asno y no sé qué diablo puee ser un “simónimo”. Y tampoco sé lo que es un asno… ¿Me poís ayuar,  por faor, mamita linda?
         Al urgente pedido de su hijo, acude Micaela Verdejo portando entre las manos aceitosas un trapo viejo y sucio pasado a humedad.
         – ¿A que viene tanta alharaca? ¡Ni que te hubiera picao una abeja africana, chiquillo copuchento…!
         El chico se excusa tapándose a medias la cabeza:
         – Pero mami, si tuavía no he aprendío el vocabulario ‘e la vieja ‘e Lenguaje y naiden mi’ ha enseñao qué concha es un asno ni meno qué chucha eh un simónimo
         – Eh que con la chiflaúra ‘el jurbo, ‘e seguro que no ponís atención a lah clase, como corresponde, mira que yo te conohco ende la cuna, ¡al revé y al derecho…!
         – Güeno, viejita… ¿me vay a ayuar o no? Mira que no te quiero traerte ‘e nueo un rojo en la libreta, como me pasó el mes pasao no máh…
– ¿Y me venís ‘e nuevo con esa lesera del asno y del simómino, con que me estái catetiando ende ayer? ¡Re nunca me ponís atención a lo que  yo te digo! Ni siquiera a tuh tareas, cauro flojo…, ¡válgame Dioh, muchacho, no sé qué voy a hacer contigo…! Güeno, ¡pacencia! L’ único que te pueo decire eh que el asno se asemeja a un burrito, aunque eh argo má canoso, puee ser por lo viejito; pero lo que eh esa huevá de simónimo, ni en pelea ‘e perroh la hey aprendío cuando era chica, ni meno agora… Pa mí que son un par de monoh, loh dó  bien requete parecío…
Ante la sorpresa de Micaela, el Kevy se levanta de un salto de la silla a la vez que bate con fuerza ambas manos, invadido por una alegría infantil incontenible.
         – ¡Te pasahte, vieja! ¡Hace tiempo que me he dao cuenta que voh eréi más capa que la profe, mamá! ¡Una caperuza ‘e lah güena, te diré que máh mejor que la matea del curso, una tal Pía Lorena! ¡Le achuntaste medio a medio! Porque si asno y burro son simónimoh, o sea bien parecíos, entonce  quiere ecir que son dó palaurah que sinifican lo mimmo … ¿Y ónde diaulo aprendihte tanta cosa? ¡Mira que pa’ mí la ehcuela eh como pa’ que uno aprienda purah hueváh, o sea, una sarta ‘e  custione y palaura rarah y que casi nadien entiende …
– Güeno, güeno, ejémono ‘e comentario  contra la ehcuela, que pa’ mí no es tan mala como voh ehtái diciendo... Vay a ver lo que te va a servire en el juturo, cuando seái un adurto… Y máh mejol que sigamo con lah tarea, mira que mañana me habís dicho que es la preba mentrual. ¿Tenís otra preúnta que hacerme? Tíramela al tirante, mira qu’ehtoy requete atrasá con el almuerzo por curpa ‘el lavao ‘e la ropa, con arguna qui’ otra  frezá metía en la colá.
         Kevin responde de inmediato, sin chistar:
– Ni una otra consurta, viejita…, por ahora.
         Y toma asiento de nuevo. Agarra el lapiz de pasta azul y se agacha a escribir hasta que sus cabellos hirsutos comienzan a acariciar el cuaderno arrastrándose por la hoja como un escobillón.

*

 *            *

         Para hacer el cuento corto, y no aburrir al lector con tantas payasás criollas, después de esta imagen un tanto curtural, u séase, folclórica, trasladémonos a la segunda etapa, esto es, a la llamada hoy la Enseñanza Media (pareciera que por vergüenza desapareció el epíteto de “humanística” con que se la conocía “cuantuá”, como dicen los huasos). Años más tarde, entre los pañales del siglo XXI, aparece, la imagen de nuestro Kevin cursando un poco más de la mitad de su ciclo de estudios en una escuelita municipalizada.
Como es de imaginar, a esas alturas se encontraba bastante atrasado en su aprendizaje. Frisaba ya los 18 años y apenas se hallaba en 3º medio. Pero había “consuelo para muchos”, ya que la mayor parte de curso tenía aproximadamente esa misma edad, en el mejor de los casos un año menos y, en el peor, casi un par de años más… Y todos, sin exceptuar uno solo, estaban ya con la “tincada” de que no les va a ir muy bien que digamos cuando llegara el momento de rendir la PSU, que hoy es “el cuco”  que amenaza con impedir el ingreso a la universidad.
         Kevin se hallaba enfrascado en la historia Universal, aunque enfocada casi por completo hacia la vieja Europa. Le costó mucho entender que en aquellos tiempos, pomposamente llamados “modernos”, especialmente en los siglos XVIII al XIX, la gente se interesara tanto en matarse en puras guerras religiosas y revoluciones fratricidas, antes que en llevar a cabo competencias deportivas nacionales e internacionales, tal cual sucede ahora, chuteando o lanzándose una pelota de un lado a otro, como en el básquetbol, el fútbol, el tenis y otros deportes tan atractivos como la natación o la boga. Hasta hubiera sido preferible, según él, que se hubieran trenzado, por último, en algo más inocuo, como son las peleas deportivas, ya sea en el boxeo, la lucha libre o los combates cuerpo a cuerpo tan gimnásticos, como los ideados y practicados por los japoneses, que ¡por suerte! han alcanzado, andando el tiempo, una difusión multitudinaria y una fama casi mundial, librando así a la humanidad de tanta matanza de gente sin asunto.
Olvidándose por completo de aprender temas que él estimaba sosos y aburridos, como la historia inútil e incomprensible de gente que ya murió hace ya varios siglos, o descifrando los verdaderos jeroglíficos de teoremas, tesis, hipótesis, construcciones de triángulos, cuadrados, logaritmos y otras “garambainas” por el estilo, prestaba muy poca atención a las lecciones de  gran parte de los profesores que solían declamar o hasta vociferar (por la sempiterna falta de atención de sus pupilos)  manifestando aseveraciones enfáticas acerca de temas demasiado vagos, discutibles o anticuados que atiborraban a él y a sus compañeros con datos aburridísimos, muchos de ellos ya superados con creces por el avance de los tiempos. Bastaba abrir la pantalla de un computador para captar en Internet, con la ayuda de un buen buscador, la visión en detalle de todo un mundo de realidades nuevas que superaban “demasiadamente mucho” a los viejos conocimientos (en buena parte ya abandonados) de siglos pretéritos, y por ende, obsoletos.
 Lo único que le interesaba a Kevin, podríamos decir que casi con pasión, era introducirse un poco en las nuevas tecnologías que brindaba la informática, manejar el arte del dibujo y del diseño en el computador y, aunque fuera un poquitín, algo más de artes manuales aplicadas a la mecánica y a la electricidad y sobre todo la gimnasia necesaria para practicar el “jurbo”, a fin de meter hartos goles que logren “hacer historia” y, si era también posible, de atajar los penales más imbarajables…
El resultado “académico” era de prever. Cuando terminó la Enseñanza Media y tuvo que rendir con varios centenares de miles de compañeros y compañeras la prueba crucial para lograr que se le abrieran las puertas de una Universidad mediante la PSU (sustituta temporal, como es presumible, del no muy lejano ensayo de la PAA), alcanzó a duras penas el escuálido puntaje de 313 puntitos, en circunstancias de que el mínimo exigía con riguroso apremio los inalcanzables 450. Y este score solamente para las carreras peor cotizadas y menos requeridas por su oscuro destino económico, como las de Pedagogía, dicen que más rendidora de piticlines pues se da la posibilidad de enseñar a los cabros la Educación Física (con la utopía de llegar a ser “entrenaol”), o bien  Enseñanza Básica, o acaso Media, según la aspiración de los postulantes menos ambiciosos y, desde luego, con puntajes nunca demasiado altos...
La única posibilidad para él era la de ingresar, con el aval del Estado, a una carrera modesta de respetable demanda en el mundo laboral, ya que su madre (viejita y achacosa como estaba) no tenía presupuesto para hacerlo ingresar a un Instituto Técnico Vespertino, que teóricamente lo habilitaría para ejercer como perito en computación o como auxiliar en la administración de justicia, que eran las carreras más “botadas”, pero también más fáciles, según sus compañeros de penurias, siempre y cuando los postulantes tuvieran un mínimo de habilidad básica, suficiente “molido” familiar y hubiera un campo laboral siquiera aceptable.
Así y todo, el pobre Kevin tuvo que trabajar, primero lavando autos y luego, ya que poseía cierta habilidad para las acrobacias, haciendo ejercicios
con tres pelotitas de colores que se arrojan y se recogen sucesivamente en el aire, en las esquinas más concurridas por los automovilistas, a fin de recibir a la pasada, de parte de los conductores, las miserables lucas absolutamente caritativas que le permitirían mantener viva a su viejita y activo a él mismo, pero con el ánimo cada vez más desalentado y el deseo loco de hacer algo mejor que le diera mayor gusto y entusiasmo para manejarse en esta vida tan mediocre que él veía cada vez con menor agrado y mayores posibilidades...
Al final de tanta búsqueda y experimento, no le quedó más remedio que aspirar a ser “bombero” en una estación de servicio a fin de limpiar superficialmente los autos que llegaban para que Kevin y sus dos o tres compañeros de labores les suministraran bencina a pedido del conductor. El trabajo, a pleno día como cualquiera otro, se hizo peligroso de noche… Así habiendo sido asaltada la estación de servicio durante uno de sus servicios nocturnos, quiso “botarse a choro” con los delincuentes enrostrándoles su actitud, a la vez que decidió agarrarlos a manguerazo limpio… El resultado fue casi mínimo para lo que le pudo haber pasado: una bala que se le incrustó superficialmente en el hombro derecho, por lo cual, después de las prolongadas curaciones de rigor, a petición de su madre, optó por cambiar de trabajo a algo un tanto más inocuo, aunque más difícil de encontrar. ¿Y de los delincuentes? ¡Aaah!  De aquello…, ¡nunca más se supo!
Pero Kevin, después de una serie de continuas negativas y desdeñosos  rechazos por parte de sus hipotéticos proveedores de trabajo, se percató de que ni su capacidad de comunicación ni su apariencia siquiera “decente” le permitían aspirar con alguna probabilidad de éxito a ejercer como portero, cuidador o conserje de un condominio o de un edificio de departamentos. Se sentía “ninguneado” por todo el mundo que lo rodeaba. Y no dejaba de recordar aquellas malas experiencias de aquel tiempo en que debía atender a los numerosos clientes en potencia que llegaban  conduciendo su automóvil hasta el autoservicio. Su aspecto de adolescente desgarbado y mal vestido era, según su propia experiencia, causa frecuente de que la gente lo mirara o lo tratara con cierto menosprecio. Más de alguna vez fue vilipendiado como  “flaite” o simplemente, como un presunto ladronzuelo vagando por las calles...
Como ya rozaba los 22 años, experimentó la viva necesidad de una mujer de buen talante que lo acompañara y que, de alguna manera, sustituyendo “con yapa” a su anciana madre, lo ayudara, aunque fuese muy parcialmente, a mejorar su destino haciéndolo salir del paso, tanto en el campo económico como en el propiamente sentimental.
A raíz de aquella ilusión, tuvo la oportunidad de conocer en sus correrías laborales a una bella muchachita de cuerpo fino y femeninamente delineado que, después de haber trabajado como reemplazante de acróbata en un circo viajero, buscaba una “pega no apatronada” para ayudar a subsistir a su madre y los dos hermanitos menores que, igual que Kevin, habían sido abandonados por el papá. Ambos muchachitos, primero “amigos con ventaja” y después “pololos emparejados” lograron formar un grupo “artístico” con un par de compañeros y, después de un breve y exitoso entrenamiento, se lanzaron a las calles de la ciudad a practicar acrobacias durante el fugaz período del encendimiento de los semáforos en rojo, a fin de recolectar el dinero voluntario de los automovilistas, 25 segundos antes de apagarse la luz de detención vehicular como justo premio a su temeraria proeza. Los dos ayudantes, que secundaban a la pareja, debían proceder al alzamiento de la niña sobre sus hombros, a la que nuestro héroe debía coger en cuanto ella hubiera dado una voltereta en el aire. Como es lógico suponerlo, tal ejercicio estaba absolutamente prohibido por las autoridades de la Ilustre Muni, pero como “la necesidad tiene cara de hereje”, ellos ejercían su oficio, algo más lucrativo que el de los demás cancheros de la calle, en forma absolutamente clandestina y “al cateo de la laucha”, por si aparecía por ahí por casualidad una “yuta” de carabineros o algún inspector municipal disfrazado de paisano.
 Y pasó lo que tenía que pasar: a raíz del potente bocinazo no del todo imprevisto de un automovilista, Kevin, encargado de recibir en sus brazos a la muchachita, se distrajo durante una fracción de segundo, de modo que inevitablemente la chica cayó de cabeza sobre el pavimento y se mató instantáneamente. Lo malo del caso es que estaba embarazada y nuestro pobre Kevin (que ha poco había cumplido la mayoría de edad)  tuvo que ser llevado a prisión, acusado por cuasidelito de homicidio.

Y, para terminar, vaya una reflexión con una pregunta no muy breve: ¿Fue la mala suerte, el destino, o es la estructura de aquella sociedad la que, desde hace un largo tiempo no dispone de los medios ni de las medidas adecuadas y suficientes para proteger, como es su deber, a aquellos estudiantes que, para su desgracia, han sido desamparados por la diosa Fortuna para labrar un porvenir más promisorio?

Lo que se sueña, ¿puede ser verdadero? Félix Pettorino.

Del sueño a la realidad.

         Germán despertó repentinamente de bruces sobre la cama, con una extraña sensación de sudor en todo el cuerpo, como si hubiera estado practicando un agitado ejercicio natatorio sobre un oleaje tibio, pleno de ondulaciones excitantes. Al abrir los ojos se desvaneció la imagen de la sirena sobre cuyas escamas se hallaba montado y cabalgando desde quizás cuanto tiempo.
Lo más extraño que experimentó de inmediato fue el contemplar el rostro de Lucinda Rosales formando parte de la ondulante figura de aquella ninfa marina, que lo incitaba con apremiantes visajes a proseguir en la travesía. Pero Germán, en medio de la zozobra provocada por el repentino despertar, no atinó a otra cosa que a descansar entre las sábanas ronroneando como un vulgar gato regalón…No había pasado un par de segundos cuando la mirada implorante de Lucinda lo arrastró nuevamente a las profundidades para proseguir con las delicias de los vaivenes submarinos. Y Germán volvió a experimentar aquel sueño, que era en suma el espejismo o la pesadilla de una quimera de amor, de la que al poco tiempo retornó ante la mirada demandante y los gestos de reproche de su compañera que persistía nadando en esas aguas cimbreantes y oscuras que terminaron hundiéndolo de nuevo en las profundidades del océano…
En el colmo de la desesperación. Germán inclinó cuanto pudo el cuerpo para regañar a Lucinda, encarnada en la sirena, cuyo semblante le pareció tan hermoso, que no pudo evitar oprimirlo sobando desesperado sus labios a los de ella con toda la energía que le permitía su agotamiento onírico… Y justo, ese fue el momento en que se produjo lo inesperado: despertó, dio un salto para contemplar desde la arena el lecho marino, pero sólo se sintió, jadeante y sudoroso, tumbado entre las sábanas y sin señal alguna  de la presencia de su encantadora amiga Lucinda.
Giró el tronco. Luego se sentó en la cama y con la palma de la mano derecha pegada a la mejilla se resolvió a meditar durante un buen rato acerca de tan insólito despertar. A lo pocos minutos de reflexión se percató de una verdad deslumbrante que su subconsciente le había ocultado por varios meses: ¡Estaba locamente enamorado de tan irresistible muchachita!, aquella compañera de banco que en la Universidad de las Palmas solía inquietarlo con la presencia de su ondulante y graciosa figura, de su sonrisa perturbadora y de sus constantes preguntas, que Germán estimaba como sosas o infantiles y sin ninguna relación con las normales inquietudes que suelen embargar a los estudiantes de Filosofía del Derecho.
Era el instante preciso en que debía tomar una determinación: Ofrecerle a la sirena onírica su amor incondicional, siempre y cuando ella le prometiera serle fiel y no seguir coqueteando indefinidamente con sus compañeros de estudio, que ciertamente lo aventajaban en muchas cosas: vestimenta a la moda, capacidad de comunicación afable y protectora, inteligencia emocional y aspecto físico, especialmente tez alba y rubicunda, continente y estatura. Germán era apenas un muchachito algo moreno, esmirriado, de no más de un metro setenta, cuya presencia modesta delataba cierta incapacidad de gasto y alguna reserva en el trato con sus iguales, lo que lo hacía pasar durante las reuniones y fiestas como un personaje más bien insípido y anodino. Lo único que pudiera reivindicarlo de tanto defecto superficial era su condición de estudiante exitoso que le permitía ejercer apoyo didáctico a quien lo requiriera, razón por la cual no era muy raro encontrarlo rodeado de compañeros, especialmente del sexo femenino, que solicitaban su ayuda escolar con real urgencia, entre quienes la bella Lucinda  raras veces brillaba por su ausencia.
Ese era el único apoyo con que nuestro Germán podía contar para atizar sus pretensiones con Lucinda. En realidad muy poco o casi nada. Desalentado con tal pensamiento, se incorporó con ostensible desánimo del lecho y decidió ingresar al baño a fin de darse la ducha más helada posible a fin de borrar todo vestigio sensual de lo que él calificó mentalmente como “una pesadilla de vacía sensualidad”.
Por otra parte, el amor por Lucinda que Germán había descubierto en el sueño, adolecía de una traba que él juzgaba insalvable. Era la constante amistad que observaba entre ella y Rubén, uno de los más asiduos consultores de temas de estudio, relación que a él le parecía más que cordial, pues cabía advertir allí la ostensible coquetería de ella frente a la simpática cordialidad de su compañero, que a la vista podría ser sólo el resultado de un hábito de Rubén para con todas las chicas, antes que a una real insinuación amorosa.  Lo cierto es que Rubén era un muchacho alto y rubio de brillantes ojos verdes, cuya más que aceptable figura masculina solía acaparar miradas y gestos, al menos de admiración, de parte de toda la muchachería femenina. Y, según lo descubrió con sorpresa, allí estaba el principal obstáculo para que el joven soñador pudiera fantasear en un hipotético idilio con la niña de sus predilecciones oníricas.
Era una intuición que a cada minuto se le hacía más patente, absolutamente contrapuesta a todo intento que pudiera atreverse a iniciar para conquistar el corazón de la amada. Sin embargo, la intención se le aparecía a toda hora más y más impetuosa que la latente intuición de fracaso que le laceraba el pecho.
El joven obstinado que era Germán, lo condujo, para sólo “probar” (como su ego se lo decía) con el fin de intimar un poco más de lo acostumbrado con su compañero Rubén, a fin de indagar hasta qué punto la amistad de este con Lucinda iba más allá de una simple relación ocasional entre compañeros de curso. Germán se formó la idea de que así era la cosa, y no de otro modo, ya que lo cierto es que a aquel chico le llovían las demandas amatorias, no sólo de sus compañeras, sino de cuanta mujer joven y no tan joven se topara con él. Y sin mayor reflexión, puso manos a la obra e invitó a su compañero a “conversar” unas chelitas en un restorán de cierto prestigio que había en el barrio universitario.
En la cita de los dos jóvenes, después de los saludos y las frases de estilo, el diálogo esencialmente se desarrolló de la manera siguiente:
Germán: Como ambos estamos con la prueba de Filosofía del Derecho encima de nuestras cabezas, debo ir al grano. Mi intención al citarte hasta acá es preguntarte -y perdón si me entrometo en un tema personal tuyo- qué clase de relación tienes con nuestra compañera Lucinda Rosales.
Rubén: ¡Ajajá! ¡Era eso! No me lo figuraba… ¿Qué bicho te ha picado para que me hayas llegado a preguntar algo tan personal?
Germán: Perdona, amigo Rubén; pero pienso que el asunto ese es muy importante para mí. Y lo único que deseo es que no lo sea tanto para ti. Te imaginarás por qué.
Rubén: No necesitas confesármelo. Te aseguro que hace bastante tiempo me había percatado de que estabas enamorado de ella…
Germán: Amigo, lo admito…; pero …, lo que desearía saber es…, es… ¿qué pasa entre tú y Lucinda?
Rubén: ¡Ese es el punto! Me lo esperaba. Te diré con toda sinceridad que no me pasa nada que sea de tan real importancia como pareces dármelo a entender…
Germán: Tu respuesta me alivia un poco, pero no lo suficiente para un enamorado como yo. Me perturba algo eso de “nada que sea de tan real importancia…”, ¿es que tienes o has tenido algo “sentimental” con ella?
Rubén: Lo de “sentimental”, suprímelo de tus pensamientos y ni lo menciones, por favor. Si me conoces bien y estás al tanto de lo que ocurre en nuestro ambiente, debieras haber dado por supuesto que es frecuente que existan ciertas “ventajas” en las relaciones entre amigos, sobre todo cuando son de distinto sexo, sin excluir de ningún modo lo contrario…
Germán: ¿Ventajas? ¿Podrías explicarte mejor?
Rubén: Veo que eres más inocentón de lo que me imaginaba. O a lo mejor estás fingiendo para que te cuente mis intimidades con Lucinda…
Germán: ¿Intimidades? ¿Qué clase de intimidades…?
Rubén: Realmente me asombra tu ignorancia. Recuerda que los seres humanos somos básicamente bestias o, dicho más suavemente, animales mamíferos y de lo más voluptuosos… Con eso te digo todo. ¡Y no hablemos más, porque vamos a terminar con los ánimos alterados.
Al oír esto Germán, con un gesto de contrariedad y amargura, que se advertía en el brillo acuoso de su mirada, se levantó bruscamente de la mesa. No queriendo oír más, desapareció de la escena, mientras Rubén lo miraba de arriba abajo, con furibunda extrañeza, a la vez que tamboreteaba nerviosamente sobre la mesa.

Oda de Hernán M. Pettorino [Nancho]

La oda enloquecida.

Verso
de rienda
suelta,
desbocado...
corriendo
por la pradera
perfumada
tras la imagen fugitiva
en escapada,
que se esconde
por cerros
y quebradas.

La persigue
la ronda
y la sorprende:
ya tiene
a su presa
acorralada
que cae
entre sus dientes
atrapada,
siendo al fin
por fauce ansiosa
articulada.

Verso
de crin
al viento
con estribo
y estribillo,
con espuelas
y rodajas
que suenan
y resuenan.

El corcel
del verso
suelto
va arrimándose
a las rimas,
fáciles novillas
atajadas
en la quincha.

Cuando caen
las estrofas
al galope
de las horas
se van arando
las palabras
en las melgas
de las almas
(deletrean
viejas piedras
la sequía
de su llanto)
y las siembran
silabeando,
mientras sudan
voz y ritmo
sangre y tinta.

Evocando a mi amado padre. [De Pía Morales Contreras].



El Artista-Padre.

De mis años de infancia, tengo bellos recuerdos de mi padre, siempre estimulando nuestra imaginación: contándonos anécdotas de su vida, en otras ocasiones escuchando discos (long-play en esa época), relatándonos cuentos infantiles, donde él nos deslumbraba con sus dotes de showman, haciendo mímicas, remedando con su gracia habitual a los diferentes personajes. Tanto para mis hermanas como para mí era muy entretenido, era una fiesta escucharlo, y no solo en el relato de cuentos.

También tengo grabadas en mi memoria las tardes que pasábamos en el patio de la "casita de colores", como llamábamos con cariño a nuestro “bangalito”, jugando, recogiendo flores y mirando las cuncunas y mariposas. Muchas veces salíamos de paseo a disfrutar de la naturaleza. Los atardeceres se nos pasaban volando cuando nos entreteníamos con él contemplando el cielo, nos incitaba a mirar las nubes formando sus caprichosas figuras, tan reales a veces que nos maravillaban hasta quedar extasiadas con su increible variedad y belleza.

Así fue como transcurrió gran parte de nuestra niñez, entre la música, la pintura y el ballet clásico que también incentivó nuestra abnegada madre desde que éramos pequeñas. A partir de la etapa de la adolescencia hasta que tomamos cada una nuestro camino, contamos con la incondicional compañía, apoyo y cariño de nuestros padres, donde apreciábamos día a día cómo trascendía hacia nosotros la intensidad con que ambos se amaban. Era para nosotras una real lluvia de estimulantes caricias.

Por otra parte, tiempo después, cabe destacar lo importante que fueron para él todos sus nietos. Volcando todo su amor de “tata” y transmitiendo toda su sabiduría en el quehacer de cada día. Más tarde ellos serían su orgullo, cada uno con sus particulares talentos, especialmente en lo artístico... Esto último, sin duda, heredado como modelo y ejemplo de su querido abuelo.

Al finalizar esta breve exposición (“breve”, porque la emoción que me embarga me impide hacerla más extensa), no puedo dejar de mencionar,  en mi entrecortado homenaje de despedida de su fructífera vida ejemplar, mi "Sinfonía de Aplausos" con que intenté manifestar todo mi uncido cariño y admiración por su brillante trayectoria, no sólo como artista (pintor, músico y poeta), sino como padre y abuelo querendón de todos sus idolatrados retoños.

El silencio sobra, también las palabras, las sella un SOL y un MI centellantes, jamás en nuestra historia creados... Por todas partes chacras estelares esparcidas..., una fiesta de pinceles que sale de sus nidos, arcoiris de colores..., de colores que se esparcen con tu eterna  sonrisa... ¡Que diría el rostro de la Mona Lisa, la máxima creación del inmortal Leonardo!  Tu mirada estuvo siempre atenta al más mínimo detalle estético, ahora podrás seguir, más allá de este pequeño mundo, convirtiendo el viaje que has emprendido en un descubrimiento placentero de mística dicha con el Absoluto.  Pues siempre te entregaste a Él en todo lo esplendoroso que puede llegar a Ser...,  talvez mucho más allá del universo, más allá de  ese SOL, siempre seguido de un LA...

¿Dónde llegarán ahora tus suaves manos, que fueron capaces de alcanzar notas que nunca nadie antes  pudo pulsar ni disfrutar? ¡Qué afortunados fuimos nosotros, los que tuvimos el privilegio de conocerte y de convivir toda una vida contigo! Tu divina melodía ha impregnado nuestras existencias ¡Jamás la olvidaremos!

Y aquí no parece haber quedado nada...  El mudo teclado de tu piano espera ansioso que tus manos lleguen a palparlo y que lo hagas  vibrar para el mundo entero... Por fortuna contamos con el amable consuelo de tu presencia: nos han quedado tus obras, la estela de tu vida de artista ejemplar

Alcanzaste a coger el amor sublime de Dios y de su Creación incomparable. Y sentimos nuestros corazones plenos con el cariño que supiste dispensarnos. Pues nos legaste tu amor a raudales. Él rebasa ahora en nuestras almas, están selladas con tu aura, con aquella fiesta de imágenes, con aquella  música infinita de genios creada por ti.

Maestro de muchos: sé que continuarás  tu historia en la letanía de lejanas constelaciones que ya nunca podrán ser olvidadas. Para ello están tus incontables estrellas, las obras que nos dejaste. Sigues existiendo para todos nosotros.

A mi querido padre "Pey", de su inconsolable  hija Pía, también tu "Pey".

         No desearía terminar esta evocación sin dejar una amorosa constancia de la felicidad que inundó el corazón de mi padre al comprobar cómo fructificaba en una hija el amor con Violeta, mi amada madre:

Viña del Mar, 14 de noviembre de 1960.

Violetita mía: Te envío este pequeño poema con todo mi amor y gratitud. Nació al impulso de mi alegría por la hijita que me has dado. Pero ahora mi alegría se ha nublado al saber que continúan tus sufrimientos. En cada momento ruego a Dios que te recuperes pronto, que sanes definitivamente y cesen tus dolores. Llamé a la madre superiora y me porté como un niño llorón. Te manda decir que estés tranquilita, pues rogarán mucho por ti a la Santísima Virgen para que te mejores luego.

La abuelita de la Pitinita está muy contenta con su “docenita” y le “pontó” nuchas cositas lindas: un chal precioso, patito (para el agüita), juego de Baby Lee, baberitos, fajeros, pañales y cositas de ponerse. Te envío también los remedios (el patito está hervido) y el análisis de orina.

Mañana iré por si te dan de alta como dices, aunque si fuera necesario otro diíta, debes resignarte por tu seguridad. Si crees que es mejor venirte por la comida y otros cuidados, y siempre que no tuvieras necesidad de ningún recurso hospitalario, entonces te traeré, pues ya sabes que soy tu mejor enfermero.

Hasta mañana, amorcito mío. ¡Mejórate, que todos rogamos por ti!

Muchos besitos [** *] a mi Pitinita, que la echo tanto de menos. Dáselos tú en mi nombre.

Tu esposo que te adora:

                                               Manano Molale Pototito

P.D. Trata de dormir para que te recuperes. Supongo que te prepararán tecito con leche Nido.






He aquí el pequeño poema” que “con todo amor y gratitud” compuso nuestro hermano Nancho en manifestación de su júbilo paterno por el feliz nacimiento de su primer retoño, su hijita Pía de los Ángeles..

Resplandor.

(a mi amada Violeta)

Mi corazón resplandece en la alegría
de esta llama sagrada que me inunda,
llaga inefable que me toca
el dedo de Cristo iluminado.

¡Y en sol ardiente, henchido de su gloria,
llega a mis ojos, sella mi boca!

Esposa mía, en templo trasmutada:
es sólo el alma nuestra, fundida,
la que grita en su explosión de gozo
a la pequeña sólo ayer nacida:
¡Hija mía!, ¡Hija mía!, ¡Hija mía!



viernes, 2 de marzo de 2012

El hablar de los chilenos. Nuestro dialecto.



I.- EL HABLAR DE LOS CHILENOS.


Entre muchas otras cosas, el conocimiento de “cómo hablamos los chilenos” forma parte esencial de nuestra cultura. Un compatriota ilustrado debe saber dar cuenta del lenguaje de la gente de su tierra.

Tradicionalistas como somos, los chilenos tendemos a acatar a la letra, como si fuera la única, la normativa cultista, y sobre todo la académica, bien o mal transmitida de generación en generación por el hogar y la escuela. Así y todo, como paradojal complemento, estamos siempre prestos a dejarnos llevar por cualquiera brisa que sople desde extranja.

Fenómeno histórico--cultural este, que se proyecta hasta hoy desde los más remotos edictos coloniales de nuestros ancestros, siempre respetuosos de los cánones de la gente culta de afuera y, sobre todo, de la Real Academia Española. Y alentados por el bien ganado prestigio de un Andrés Bello y por otras autorizadas voces republicanas donde desfilan en actitudes similares varios egregios ciudadanos nuestros, entre los que cabría contar, entre muchos otros, a un Zorobabel Rodríguez, a Miguel Luis Amunátegui, a Aníbal Echeverría, a Camilo Ortúzar, a Manuel Antonio Román, a José Toribio Medina y a José Miguel Yrarrázabal Larraín, nuestro pueblo se ha ido habituando a atenerse a los usos de la norma culta vigente (no siempre tan culta), aunque sí, como es natural, a no observarla en la praxis de su hablar cotidiano.

En este doble standard idiomático se revela la notable capacidad de adaptación que tenemos los seres humanos para saber actuar con la mayor eficacia posible ante las diversas coyunturas comunicacionales que nos ofrece la vida.

De ahí la preocupación del hombre de la calle por saber si se debe decir de esta o de esta otra manera, o si se debe pronunciar así o asá una voz foránea, a fin de no pasar por ignorante en los ámbitos cultos en que a veces debe desenvolver su existencia. Por suerte, hoy puede recurrir, sin problemas, además de sus maestros, a una multitud de competentes veneros: prensa escrita, radio, televisión y, como si fuera poco, a internet., donde la variedad, y no la uniformidad, es la regla dominante.

Por ello a veces nos sentimos algo aliviados ante el abandono que están haciendo nuestros mentores pedagógicos de la exigencia de toda esa turbamulta única, pero compleja, de reglas gramaticales, fónicas y ortográficas de los tiempos de Mari Castaña...Mas, esto no valdría para nada en la medida en que se llegara a un cero absoluto, como en ocasiones lo pareciera...

No hay que olvidar que nos hallamos en la encrucijada de este nuevo siglo, cambiante como el que más... Por lo que respecta a la comunidad hispánica, vigilada siempre de cerca por la Real Academia, los vientos liberadores ya empezaron a soplar con algo de más fuerza desde mediados del siglo XX, cuando la Docta Corporación lanzó sus Nuevas Normas de Prosodia y Ortografía y hoy aparece notoriamente “aggiornada” con el acatamiento “a la voz de la gente” en la XXII edición de su Diccionario Oficial del año 2001.

A todo esto y a pesar de todos estos aires renovadores, no es raro que más de algún profesor, atrapado en el añejo prestigio de las reglas antiguas, siga corrigiendo en sus pupilos hábitos lingüísticos que ya dejaron de ser incorrectos por obsoletos, como aquello de no ponerle tilde a un demostrativo sustantivado.

El vértigo de los cambios nos lleva cada día a convencernos más de la fragilidad de las normas lingüísticas del pasado y a comprender que lo realmente útil sería que nos fuéramos enriqueciendo día a día con las diversas modalidades, estilos, instancias y jerarquías que ofrece nuestro rico idioma, con la única condición de sabernos adaptar adecuadamente a las especialísimas condiciones que exige cada acto de comunicación según el tiempo, el lugar y la identidad de nuestros interlocutores. No hay un modo único y uniforme de hablar y, desde luego, de escribir. No existe una sola alternativa para decir lo que necesitamos decir a fin de ser bien comprendidos y acogidos por muestros oyentes. Porque está dicho: es preciso proyectar el uso de la lengua hacia la diversidad de situaciones comunicativas que el hombre de hogaño, mucho más que el de antaño, debe enfrentar cotidianamente.

Se trata de disponer de un espectro variado, del repertorio idiomático más rico posible de comunicación, bien adaptada a tiempo, lugar y personas. Y para ello es preciso el conocimiento, el manejo, (y si se quiere: hasta el dominio) de la lengua vernácula de nuestro pueblo, que se hace hoy más necesario que nunca rescatar de los mismos labios de nuestros compatriotas antes de que la vigente “globalización” termine por acabarla y desfigurarla por completo.

Allí y sólo allí es donde anidan nuestras raíces y con ellas nuestra identidad de pueblo hispano-indio. Que este modesto libro sirva para que lo recordemos.



II.- NUESTRO DIALECTO.



                   El concepto de Español de Chile, como el de cualquier otro dialecto, tropieza con graves dificultades derivadas de la complejidad del tema y de su natural falta de precisión.

                   Sin embargo, es un asunto que reclama constantemente la atención del especialista, no solo por el hecho de suponernos insertos en el particular modo de hablar que se le atribuye a este dialecto, sino también por la frecuencia con que se plantean interrogantes tales como ¿Qué es el Español de Chile?, que –desde luego– hace suponer su existencia; ¿qué distinciones cabe hacer en el Español de Chile?, ¿es posible comparar esta forma del Español con otras también dialectales de la Península Ibérica o de América y cuáles son los criterios que podrían plantearse en estas comparaciones?; los extranjerismos: ¿deforman el dialecto chileno?, y así muchísimas otras preguntas por el estilo.

                   Creo que para lograr una primera aproximación al tema, nada sería mejor que situarse desde fuera, imaginando, por ejemplo, a un ciudadano español “del montón” volteando las páginas de una novela criollista chilena:


-         “¡Benhaiga, m’hijita!
-         ¡Hácele, ñato!
-         ¡Aro, aro!
-         ¡A su salú, prienda!”


                   Todo esto nos suena a nosotros como algo muy conocido y familiar. Sin embargo, para nuestro amable peninsular no sería otra cosa que un modo extraño de expresarse, por no decir una jerigonza bastante poco comprensible.

                   En efecto: si bien en el texto en referencia hay términos que son claramente discernibles por cualquier miembro de la comunidad lingüística hispánica, como m’hijita, ñato, aro, salú, etc., la verdad es que en definitiva muestran un contenido tan particular, que resultaría imposible que lo captara por sola deducción un hablante que fuera del todo ajeno a nuestro medio lingüístico. Así, m’hijita, expresión de cariño compuesta de posesivo más diminutivo, ha llegado a ser en Chile una unidad indisoluble que no supone necesariamente una relación de “paternidad”; ñato, por su parte, es un nombre que no significa aquí, de modo alguno, como nuestro español podría creerlo, ‘un individuo de nariz chata o aplastada’, sino, por extensión de su contenido, ‘individuo a secas’, ‘fulano’. Luego, ¡aro, aro! es la clásica interjección, en este caso geminada, que se profiere para detener el canto y la música de la cueca, descansar un rato y tomarse algún trago, y nada tiene que ver con la cercha de las poleas ni con los aretes o zarcillos que usan las damas para engalanarse.

                   Más, la novedad no está solamente en el significado. Afecta también, a veces, a la forma externa del signo, a lo que De Saussure llamó el significante, v.gr.: benhaiga, por “bien haya”; hácele por “hazle”; salú por “salud”; prienda por “prenda”. En este punto, nuestro buen ciudadano español tal vez se sentiría tentado por enmendarle la plana al autor del pasaje, que es nada menos que Marta Brunet, Premio Nacional de Literatura en 1961:


-         –¡Bien haya, hijita mía!
-         –¡Hazle, chato!
-         –¡Aro, aro!
-         –¡A su salud, prenda!

lo cual nos parecería a nosotros de una artificiosidad insoportable, como que mató de una plumada todo el sabor y gracia de lo chileno que había en el texto.

                   Es que a veces la alteración dialectal del significante implica correlativamente alteración del significado. Así, benhaiga es, en principio, una mera variante de la bendición española bien haya; pero junto con el cambio operado en ella ha llegado a significar algo muy distinto, ya que se usa como interjección expresiva de admiración o entusiasmo; a su vez, chato se ha diferenciado de ñato en la medida en que ambos términos ya no significan en Chile “individuo de nariz aplastada”, sino solo el segundo; mientras el primero denota a quien, o a lo que es notablemente más bajo que lo normal (respectivamente: hombre chato, mesa chata); y el segundo se extiende al contenido de ‘individuo’ a secas; que también ha llegado a contagiar al primero: “–Eh, ñato, vení p’acá = “–Eh, chato, vení p’acá”. Algo parecido sucede en el caso de m’hijita, usada en Chile como simple expresión de cariño dirigida a una mujer.

                   Todo esto lo ignora nuestro español. Él puede haber llegado a creer que el pasaje trata de un hombre de nariz respingada que bendice a una de sus hijas: –¡Bienhaya, hijita mía! Algo así como: –¡Dios te colme de bendiciones, hija de mis entrañas!

                   ¿Qué es este Español de Chile? Desde luego, no todo lo que hay en el pasaje en referencia es ciento por ciento chileno o exclusivamente chileno, ya que hay ciertas estructuras gramaticales, como el imperativo seguido de pronombre personal enclítico y/o de vocativo, la frase nominal compuesta de posesivo y sustantivo, la fisonomía preposicional que adopta cierto complemento, etc., que revelan la inequívoca raigambre castellana del diálogo en referencia. Esto quiere decir, que no todo el castellano que hablamos en Chile puede ser caracterizado como “chileno”, por lo menos en cuanto a aquello que lo diferencia del español general y de sus modalidades dialectales. Pero hay más. Ciertos rasgos que nos podrían parecer bien “chilenos” pueden muy bien no serlo. Así, en el texto en estudio, no es la síncopa de ben por bien ni la conjugación de haiga por haya, ni el imperativo analógico hácele por el irregular apocopado hazle, ni la pérdida de la d final de salud, ni la diptongación también analítica de prienda por prenda, lo que constituye, en esencia, lo chileno, ya que ninguno de estos rasgos idiomáticos puede catalogarse en sentido estricto, y por separado, como exclusiva o integralmente característicos del habla de Chile. La razón es sencilla: en todos ellos se puede reconocer sin discusión una raíz hispánica.
                  
                   -¿Qué es entonces lo chileno? –volverá a preguntarse-. Si por la necesidad de trabajar con conceptos ceñidos y precisos, exigimos que solo lo sea lo que a la vez que sea originario de Chile, sea también propio, único o exclusivo –o lo que es peor aún- integral chileno, corremos el doble riesgo de quedarnos sin nada o casi sin nada y de llegar en muchos casos a una imposibilidad absoluta de determinar si una expresión es o no un chilenismo a carta cabal.

                   Vagamente podría decirse que en este texto de Marta Brunet no son las partes, sino el todo, la acumulación, convergencia, disposición y armonía de una serie de rasgos lingüísticos vigentes desde hace mucho dentro de nuestro territorio nacional, como manifestación popular autóctona, lo que hace posible encuadrarlo dentro del marco idiomático de la chilenidad, y más allá todavía de todo eso, la incorporación al pasaje de realidades y valores tradicionalmente chilenos, como lo es, por ejemplo, el lenguaje especial, característico, que exige la cueca, nuestro baile nacional.

         Más la Lingüística no puede satisfacerse con apreciaciones tan imprecisas como ajenas a su objeto. En lo que a la geografía del lenguaje se refiere, los estudiosos han acuñado desde hace ya algún tiempo, el concepto de isoglosa, que es la ‘línea ideal que se traza dentro del territorio en que está vigente cierto sistema lingüístico particulares, de tal manera que cada rasgo habrá de presentar un dominio geográfico perfectamente definible’.

                   Las isoglosas se clasifican atendiendo al rasgo de lingüisticos que caracterizan.  Así, la isoglosa que delimita el área de un sonido se llama isófona, v.gr.: el yeísmo, el seseo, el ceceo, la aspiración de consonante obstruyente  final de la sílaba, especialmente la -s; el relajamiento o caída  de cierras consonantes finales o intervocálicas, la asibilación de las vibrantes, etc. Habrá, además, de las isófonas, isoglosas isomorfológicas v. gr.: la pluralización en –ses de nombres agudos acabados en vocal acentuadas, como ajises, cafeses, mamases:  la formación del masculino o del femenino analógico, al estilo de dentisto o gerenta respectivamente; el predominio en  la conjugación de  -RA por -SE o viceversa; el leísmo; laísmo o loísmo; el uso de -EAR por -IAR y viceversa: etc. isosintácticas, v.gr.: tipos de orden lingüístico; predominio de la activa sobre la pasiva yviceversa; no uso de prep. a ante complemento directo; uso de que por de que (queísmo), y viceversa (dequeísmo); predominio de la impersonal con se sobre la sin se y viceversa, etc.; isoléxicas, v.gr.: califa, ‘rijoso, libidinoso’, de uso coloquial ´nuevo, algo generalizado en Chile, frente arrecho, -a, propio de Chiloé; pan batido, desde Arica a Valparaíso; pan francés, desde Santiago al sur; gamela, ‘balde’, Norte Chico; manganeso, “loco, chiflado”, Norte Grande; guanay, “bogador, remero”, zona del Maule; chumango “guanaco recién nacido”, Magallanes; Barcoiche chilotismo por Caleuche; sebiche, “encurtido de pescado con limón”, difundido desde el Perú hasta Chile; engrupir, ‘engañar con palabras’, uso chileno originado en Argentina; etc.

                   Lo anterior significa que el mapa del Dialecto Chileno –si así queremos llamar al Español que se habla en Chile– aparece diseñado por una serie de isoglosas que comprenden ciertos rasgos lingüísticos, especialmente fónicos, morfológicos sintácticos y léxicos, que sin ser en su mayoría aplicables exclusiva o totalmente a la integridad del territorio, lo abarcan o lo cruzan en variedad suficiente como para permitir una descripción científica de todo el Dialecto basado en ellas.

                   De ahí la importancia que tiene en estos momentos la investigacion lingüística que tiende al levantamiento de atlas regionales o nacionales, labor ímproba que demanda un gran despliegue de trabajo y también ... un gran presupuesto. Es así como por varios decenios se estuvo preparando el Atlas Lingüístico y Etnográfico de Colombia, bajo la dirección de don Luis Flórez, mientras que en Chile desde la década de 1950-1960 se puso en marcha el Atlas de la Zona Sur, realizado por un equipo de profesores de la U. Austral de Valdivia dirigidos incialmente por Guillermo Araya Goubet; y un intento semejante se plantea más recientemente para el Norte Grande en la Universidad de Antofagasta.

                   En suma: solo pueden hacerse mapas de rasgos lingüísticos, demarcados por isoglosas. Los dialectos no son otra cosa que entidades abstractas construidas aproximada o estadísticamente sobre la base ya más concreta de una variedad de rasgos lingüísticos inventariadas en proporción apreciable como para constituir un código comunicativo diferencial en relación con el resto del sistema.

                   En este punto de la discusión, se plantean diversos problemas no siempre muy fáciles de resolver:

La falta de coincidencia entre el contenido del término territorio lingüístico chileno y el puro y simple de territorio geopolítico chileno. Podrían recordarse al respecto los miles de chilenos que habitan actualmente la zona de Neuquén y otros lugares de la Patagonia cedida a la Argentina a fines del siglo pasado; las comarcas pobladas por aimaraes, pascuenses, mapuches, etc.; las bases de diversas naciones instaladas en nuestra Antártida, etc.

La importancia relativa de los rasgos dialectales en la configuración de los dialectos.

                   Así, los fenómenos fónicos y gramaticales, por su notable complejidad y alto índice de frecuencia, son individualmente considerados tipificadores de conductas, de modos de ser idiomáticos, ya que revelan hábitos lingüísticos, v.gr.: entonación, caída de sonidos, conjugación, manera de ordenar o construir la frase, etc. profundamente adentrados y arraigados en la población que los pone en juego al hablar.

                   Piénsese, por ejemplo, en ese voseo que caracteriza tan admirablemente al chileno y que, a pesar de los esfuerzos de la escuela, se mantiene aún vivo en nuestros coloquios, como muy distinto del argentino, paraguayo o centroamericano. Compárese, por ejemplo, “Vos venís y te la llevái” con “Vos venés y te la llevás”.

                   El léxico, en cambio, aunque de menor índice de frecuencia, da mejor cuenta “color local”., esto es, del ámbito natural y cultural que rodea a la lengua, porque –gracias a su carácter más concreto– tiñe el andamiaje lingüístico con la referencia a los seres, a las cosas, a los contenidos vigentes dentro del mundo del hablante. Por eso siempre es fácil la adscripción del léxico a una zona geográfica o sociolingüística determinada. ¿Quién negará el carácter 100% chileno de los términos de nuestra flora (bailahuén, cóguil, copihue, culén, quila) o de nuestra fauna (cachaña, culpeo, pollolla, traro, tucúquere) o aún de muchas de nuestras expresiones de vocabulario fácilmente identificables por lo típicas que son (arrotado, cahuín, charquicán, chuico, curcuncho, curiche, huaso, huila, machitún, meca, pancutra, paco, pirihuín, pisiútico, sucucho, etc.)? En este punto cobran especial importancia las voces de procedencia indígena vigentes antaño u hogaño en nuestro territorio.

La división de un área dialectal en subregiones es también un aspecto interesante del debate lingüístico, particularmente cuando se dividan zonas tan características como la del Norte Grande y el Chiloé insular. Cabe, eso sí, hacer presente que cualquiera subdivisión que se haga sin tomar en cuenta los resultados de una prolija investigación geolingüística tendrá necesariamente el carácter de provisional o aproximativa.

Interferencia de factores no geográficos. El aspecto geográfico que se plantea en la Dialectología no es el único factor de alteración de los usos idiomáticos. Existen todavía muchos otros: el sexo, el estrato generacional, la confesión ideológica, el nivel sociocultural, la actividad profesional, etc., forman todos ellos una verdadera trama de factores que se entrecruzan constantemente en cada individuo según las diversas situaciones comunicativas que debe afrontar y hacen aún más complicado el estudio de los dialectos.

                   En la consideración de la red de estas coordenadas, el problema de la inteligencia del vocabulario es siempre particularmente importante, sea v.gr.: en habla culta algo profesionalizada: “Blanqueo de divisas impedirá el bloqueamiento del encaje en la superestructura financiera”; o tb. por ejemplo: en el habla popular de los delincuentes: “Amochilaron con el bagayo de tellebis a un carruñero escabio y los tombos ni se transcurrieron”, algo así como ‘cargaron con el botín de billetes a un ladrón de gallinas borracho y los carabineros ni siquiera se dieron cuenta’.

                   Aun en nuestro medio dialectal chileno, como los hablantes de cualquier otro lugar del mundo, vivimos rodeados de lazos de intercomunicación (cada vez más notorios gracias al desarrollo inevitable de la llamada “globalización”), pero también nos hallamos entrampados a veces en barreras idiomáticas que debemos transponer. Cada signo, cada rasgo lingüístico, es un elemento al servicio de la comunicación, pero también suele serlo de la incomunicación; pero esto no es del todo negativo, por el esfuerzo a que nos obliga, ya que sin saberlo ni pretenderlo, estamos constantemente aprendiendo nuestra propia lengua, tal como lo hemos hecho desde nuestra infancia. Si alguien me dice, por ejemplo: “Debieras lustrarte las tatimbas sin calcetines” entiendo perfectamente, aunque nunca nadie me lo haya dicho antes, que las tatimbas son los ‘zapatos’.

                   Dadas ciertas estructuras fonológicas y gramaticales que aprendí a manejar desde muy temprano, voy rellenando huecos con ciertos datos, con ciertos rasgos diasistemáticos que día a día van gradualmente conformando mi particular identidad lingüística. El ideal de un individuo culto es su capacidad de adaptación a esta variada gama de circunstancias, entre las cuales tiene primerísima importancia el diálogo franco, natural y espontáneo, de donde se colige que la escuela no debe limitarse a enmendar lo que supone incorrecto en materia idiomática, sino a enriquecer el bagaje lingüístico de cada educando.

El habla llamada formal culta, propia de la comunicación oficial, es el resultado de la observación del lenguaje de la gente “instruida”, con un algo o un mucho de influjo literario, y –como apunta Bello– se prefiere en la enseñanza “porque es más uniforme en las diversas regiones en que se habla una misma lengua”. De ahí su otro nombre de “estándar”, carácter que solo lo tiene por simple aproximación o porque así se quiere que sea. Aunque ciertamente no es ni puede ser el único ideal de lenguaje, no hay duda de que es muy importante y hasta necesario conocerla para quien desea desenvolverse en un ambiente profesional, científico, artístico y, en general, más cultivado o civilizado.

En cuanto a la incorporación de extranjerismos, si acaso estos dañan o no la fisonomía peculiar del dialecto, cabe recordar que la historia de la lengua está hecha en buena parte por una ininterrumpida serie de formas foráneas que se han ido aportando por contactos culturales del más variado tipo: desde los iberos, pasando por los celtas y los germanos, hasta los árabes y los aborígenes americanos, sin descuidar, por cierto, el influjo de los pueblos auropeos, vecinos o no. Sobre este punto, hay dos hechos dignos de mención:

         A) Con el tiempo, lo extranjero deja de serlo. ¿Es –entre nosotros– extranjero lo mapuche, como podría ser copucha, laucha, piñén o poto, por ejemplo? ¿O “gringo”, “El chou (<show) que m’ hiciste porque te dije que, si seguíai así, te iba a aforrar?”.

         B) El término foráneo suele incorporarse de tal manera a la lengua extraña que tarde o temprano toma una fisonomía de significante o significado que borra por completo su origen exótico: bichicuma, “marinero gringo vagabundo”; show, ‘escándalo, a veces simulado’; belduque, “cuchillo largo”; de Bois le Duc, “ciudad de Holanda” donde se fabricaba este tipo de instrumentos.

         En suma: el extranjerismo entra en la lengua o dialecto y se adapta a ellos cuando se hace necesario. Sobre esta materia, nada se gana –y sí mucho tiempo se puede perder– combatiéndolo o patrocinándolo.

Importancia que presenta el deslinde de los rasgos dialectales. Un buen conocimiento de la realidad dialectal de un país, como Chile, permite, sin duda, comprender mejor su fisonomía étnica e histórica, su razón de ser como pueblo, en la comunidad de las otras naciones. Al respecto, no cabe duda de que existen ciertos rasgos lingüísticos que incluyen a Chile junto a otros pueblos de habla hispana. Recurriendo a los datos que ofrece la geografía lingüística, observaremos ciertos fenómenos, como el hecho de que la jota se palataliza en toda Hispanoamérica, menos en el Caribe, Sur de Méjico (Yucatán), Centro América, Colombia y Venezuela; que la –s final de sílaba solo deja de aspirarse en Méjico y Perú y zonas cercanas; que el voseo se presenta solo en las zonas costeras y en lugares apartados de Méjico y Perú; etc.

         ¿Qué revelan estos hechos? La adscripción de Chile a una vasta zona, comprendida principalmente por los países que conforman el llamado Cono Sur de América (Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay), que se caracteriza por un desarrollo en parte más arcaizante, en parte más libre, de la lengua popular traída a estos lugares por los conquistadores, muy próxima en su raíz a la de la marinería andaluza, y no modernizada o refinada por las exigencias idiomáticas de las cortes virreinales de Méjico o del Perú.

         Es así como el habla chilena, sin desmedro alguno de su particular idiosincrasia, se halla incorporada a un ámbito dialectal americano y, dentro de Hispanoamérica, al mundo cultural de la Hispanidad.

Prof. Félix Morales Pettorino.




























jueves, 1 de marzo de 2012

Añoranzas... De Félix Pettorino.


                                        Ese esplendor juvenil...

¡Cómo añoro los momentos
tan felices que viví!
El tiempo corría lento,
¡era un sueño en frenesí!

El amor con suave aliento
me alzó rumbo al zenit
junto al ángel de mis sueños
que por fortuna descubrí.

Si la tuviera entre mis brazos,
ebrio de pasión, feliz,
la estrecharía en mi regazo
y la amaría hasta morir.

Su beldad, todo un ensueño
de tantos años sin mí.
No me resigno al recuerdo
de tanto esplendor juvenil.

Ya yo soy un hombre viejo
cual archivo en un atril:
¡mi amada  se fue tan lejos,
y no la puedo revivir...!

Bien parezco un libro añejo
que nadie hará reescribir.
El pasado ya está muerto,
no hay retorno para mí...

¡Oh, el Buen Dios y su cielo...!:
¿podría Él revivir
 a tantos perdidos besos
de ese esplendor juvenil?