jueves, 26 de enero de 2012

Hermanos por siempre (Homenaje de Silvia a su hermano Nancho)

Se fue sin aviso por los valles del silencio
deteniendo a su paso la noche de los tiempos.
El fuego y el dolor sellaron sus ojos dormidos
como alas desplegadas cobijando anhelos.

Una campana lejana con su tañer lastimero
anunció su duelo en el corazón fraterno.
Una ilusión de vida le dio impulso al cielo,
él solo ha perdido su ropaje terreno.

Se fue por las praderas azul plata
dejando una estela de rocío y de bondad.
Sembró la palabra sagrada como luz de esperanza,
buscando la buena tierra donde vuelva a germinar.

                   Trigales y almendros brillaron en tu sol
                   con melodías de estrellas y colores de arrebol.
                   Desde el Andes bajará al Monte Grande
                   en pos de la estrella de la divina Mistral.

                   Habrá rondas de niños en el valle y el mar
                   y cuando vierta la noche su caudal de estrellas,
                   los campesinos con asombros danzarán
y la “Niña Estrella” entregará al humilde
el “Prahna Sagrado” de la Paz.

Duerme en paz Hermano y Amigo. Te veré en el Más Allá.

                                                                  SILVIA.

Nota del autor: El prahna de que nos habla Silvia es la energía vital que se manifiesta en el proceso natural del Universo, como el calor, la luz, la gravedad, el magnetismo, el vigor, la vitalidad, el pensamiento, las emociones y, desde luego, el alma y el espíritu.

Plenilunio [De Hernán M. Pettorino (Nancho)]

     
Surca la luna,
surca en el cielo,
surca la noche
en blancos velos.

Surca callada
bien empolvada,
surca el alma
ilusionada.

Albiamarilla,
albiazulada,
luce de blanca,
blanca de luz.

Blanca de luna
en agua mansa.
Mansa la luna
en agua blanca.

La luna sola
sobre las olas.
Solas las olas
bajo la luna.

Su filigrana
ella desgrana
entre la plata
de la alba espuma.

Los roqueríos
vense enjugados
de cabelleras
bien enjoyadas
lunicontemplan,
lunimojados
en luna rala
de plenilunio.

Ronda callada
de madrugada
la luna amada
presa en la rada,
vieja, cansada,
blanquiaburrida,
blanquiasoleada
y alunizada.


(De Hernán Morales Pettorino, hermano de Félix)

Vivencias y reminiscencias de Antofagasta [De Wilfredo M. Pettorino (Tito)]


Evocando aquellos ya lejanos días de la niñez, en que la vida parece transcurrir como una burbuja ajena y casi ignorante o indiferente a las vicisitudes del diario vivir, mi querido hermano Nancho y yo, éramos los menores de un  total de seis, sin incluir a Rosita, que murió de una fiebre intestinal al poco de nacer.
El “Monito” acaso sea el primer primer sobrenombre con que yo lo haya conocido, a causa de sus orejas amplias y redondas, de pabellón un tanto prominente. Su figura delgada, un tanto menuda y sus ojos más bien pequeños y observadores le valieron este cariñoso apodo de parte de nuestra querida hermana mayor Berta (Q.E.P.D.), “la Nena”, como la llamábamos, y que fue nuestra “madre putativa”, tanto de Nancho como de mí, el menor. A propósito de esto, mi nombre es Wilfredo, de cuyo diminutivo, “Wilfredito”, se tomaron las dos últimas sílabas, transformándolas en “Tito” que es como suelen llamarme mis familiares y amigos.
Otro apelativo se lo otorgó nuestra mamá Ernestina al llamarlo “Manano” en que la sílaba “Ma” (acaso de mamá) se halla antepuesta a “Nano”, que a su vez está relacionado con “Nancho”. Pero el real apodo se lo puso mi padre, José Pío, quien lo llamaba en forma festiva el “Guata de Lápiz”, debido a su físico delgado, razón por la cual nunca se atrevió ni siquiera a tocarlo en caso de que hubiera hecho algo que mereciera reprimenda o alguna travesura que no hubiese sido de su agrado.
Desde pequeño Nanchito mostró un carácter retraído y un espíritu algo rebelde, sentimiento que suelen experimentar aquellos seres que viviendo siempre más cercanos a lo bello y universal que a lo ingrato o limitado, se sublevan contra la mediocridad o superficialidad de la mayor parte de la gente. Lo ponía fuera de sí la monotonía del diario vivir que suelen imponer los mayores.
Así fue como, entre los nueve y los diez años, empezaron a aparecer en él cualidades, que distan de ser comunes en niños de su edad, primero las de dibujante y luego las de inventor.
Sus dibujos abarcaban tanto la copia fiel como la caricatura de personajes famosos de la época, que llamaban mucho la atención de todos, adultos y niños, entre los cuales me sumaba yo, como profundo admirador de su talento y maestría.
En ocasiones se daba la suerte de poder compartir momentos en que con respetuoso recogimiento lo veía dibujar a tan temprana edad las creaciones más famosas y conocidas del genial y consagrado dibujante Walt Disney. Toda aquella soltura y decisión en el acto de dibujar y pintar solo son propias de un maestro que conoce y vivencia la magia y el misterio de este hermoso arte. Así lo sentía nuestro hermano Nancho.
De todas la facetas del arte  qué él realizó a lo largo del tiempo, sin lugar a dudas, la “stella mater” es la pintura, a la que consagró gran parte de su labor artística. Después lo fue la música para la cual mostró condiciones y dotes tan innatas como extraordinarias. Y, por último, la poesía.
Ahora creo necesario hacer un somero bosquejo en cuanto al ambiente que alentó sus sentidos y agudizó su percepción dando vuelo a la inspiración creadora que caracterizó la personalidad de de nuestro artista.
Remontándonos a los años en que vivimos en la ciudad nortina de Antofagasta, en nuestra casa de calle Sucre 789, que considero fue un verdadero centro medular de toda esta gestión renovadora del arte preexistente. Si mirábamos hacia al Poniente, nuestra vista se perdía a lo largo de nuestra calle descendente que terminaba en el Mauri, pequeño, abandonado y viejo muelle que tenía una pareja de angostas pasarelas adentrándose en el mar. La arena que brillaba en la orilla después de la resaca atraía a una gran cantidad de gaviotas y de otros pequeños pájaros que revoloteban por doquier en su afanosa busca de alimentos.
En las noches de luna llena el espectáculo era maravilloso. Entre las olas de la orilla y el lejano horizonte, como encajonado en su mansedumbre, se veía el mar. Por el contrario, si mirábamos hacia el Oriente, allá en lo alto, se empinaba otra visión singular, realzada por el azul del cielo. Aparecía entre la elevada hilera de pétreas colinas, el memorable Cerro del Ancla, cuyo nombre se leía (y hoy también puede leerse) a la distancia. Grabado y pintado en su pálida superficie granate, exhibe hasta hoy grandes letras para despertar la atención, tanto de transeúntes como de navegantes llegados de lejanas tierras. La áspera costra de sus faldeos parecía unirse al pavimento que daba inicio a nuestra calle Sucre y, de alguna manera, se convertía en un nexo que hacía converger el encadenamiento de los cerros con el oleaje del mar. Así, el ancla del cerro se proyectaba como símbolo y guía de paseantes y marinos.
Es que este mundo, por muchas razones sorprendente, afecta la sensibilidad de un niño, con mayor razón la de un muchachito artista como el Nancho, quien parecía haber sido un elegido para observarlo, interpretarlo y revivirlo desde su perspectiva creadora, a través del lienzo o de las notas de una obra musical, esto es, la pintura y la música, sus dos grandes pasiones. Para él, como para todos los pintores, dibujantes, escultores, músicos, poetas o escritores, el arte es el único vehículo de expresión capaz, dentro de sus limitaciones, de manifestar las emociones y pensamientos que se experimentan durante el brevísimo paso por la vida.
Nuestra casa de Antofagasta poseía un encanto especial, debido no solo a su configuración arquitectónica, sino a lo que dentro de ella acontecía. Al respecto, cabe señalar tres puntos o lugares particularmente sugerentes. En primer término, el living-comedor, al costado derecho del pasadizo de entrada, al que se ingresaba de modo inmediato. Allí iluminado por el eterno sol nortino, arrimado a la pared empapelada en tono rosado, reposaba nuestro piano, donde Nancho se inició primero como aprendiz, muy luego después como intérprete y finalmente como creador de piezas musicales. En sus comienzos, cuando él aún carecía de la menor noción para ejercer el arte musical, nuestra mamá, con la sabiduría de todas las madres, intuyendo su futuro, le enseñó a poner las manos sobre el teclado y la función que cada dedo debía tener para lograr una cabal interpretación melódica. Así de esta manera sencilla, elementalmente empírica, por no decir rudimentaria, es como se echó a andar la carrera del Nancho como pianista. Y aprendió luego, sin mayores dificultades, casi espontáneamente una obra, para muchos de dificilísima ejecución, aunque de gran impacto y emoción: La Polonesa Heroica de Frederic Chopin, conocido músico polaco del siglo XIX, considerado el más grande poeta del piano gracias a la belleza manifestada en el más puro romanticismo de sus numerosas y emotivas composiciones. Lo más admirable de todo esto es como mi hermano, sin poseer técnica alguna y valiéndose exclusivamente de las indicaciones impartidas por nuestra madre, logró en cosa de unas pocas semanas, hacer de esta magnífica obra musical una notable interpretación realmente sorprendente para un niño de su edad.
Continuando con la descripción de nuestro hogar antofagastino, agregaré que en la desembocadura del pasadizo de entrada, tapizado de baldosas amarillas en forma de estrellas, estaba el hall al aire libre adornado de algunos cactus, en uno de cuyos extremos se encontraba el banco de carpintería donde nuestro padre confeccionaba toda suerte de muebles y juguetes de madera. Era extremadamente prolijo y amante de la perfección y el orden. También poseía una gran habilidad para el dibujo a lápiz y hasta se entretenía pintando al óleo diversos cuadros, algunos circulares modelados en el torno, que posteriormente regalaba, vendía o rifaba en su regimiento. Todas estas aficiones y destrezas, que en el papá se daban como “diletante”, las heredó y sublimó nuestro hermano.
Después del hall venía un pasadizo, que no era otra cosa que la prolongación hacia el interior de la entrada de la casa, y que remataba en una puerta alta de madera que daba acceso al patio, de dimensiones medianas, sobre cuyo suelo terroso estaba por un lado la cocina y por el otro, más al fondo, una especie de “casucha” levantada con un ya manchado cartón-piedra apoyado en listones de madera, provisto de un techo de roídas calaminas de zinc envejecido. Pero lo más curioso fue que justamente en ese lugar, que en realidad estaba abandonado y no prestaba utilidad alguna, nuestro hermano Nancho, con la inventiva y el tesón que le eran característicos, inauguró una pequeña y original imprenta que dejaba en evidencia sus extraordinarias dotes de inventor. Para un muchachito como él, de unos 10 a 11 años, habría resultado del todo imposible haber dado acabado fin y remate a este novedoso taller de impresión si no hubiera contado con el afectuoso auxilio y apoyo de don Abel, uno de los inquilinos o subarrendatarios de la casa con que contaba mamá Tina para el mejor sustento de la familia. Este amable caballero, fascinado por la personalidad y el talento creativo del niño, lo proveyó de los elementos necesarios para hacer funcionar la imprenta, echando mano de un material dado de baja que estaba constituido mayoritariamente por los llamados “tipos de imprenta”, pequeñas y rectangulares piezas metálicas, cada una con una letra del abecedario grabada en sobrerrelieve, de manera que al impregnarlas con la tinta pudieran inscribir cada signo sobre el papel hasta llegar a obtener las palabras, frases u oraciones requeridas por el impresor o linotipista en sucesivas lineas de grabación constitutivas de placas que, combinadas con los dibujos, grabados o fotografías, llegaban a constituir las diversas páginas de un diario de reducido tamaño, denominado con el ingenioso nombre sugerente de “EL TETE”, que como chilenismo podía significar tanto “El Chupete” como “El Lío”, “El Desbarajuste” “El Jaleo”, “El Caos”, “El Escándalo”, “La Confusión”, etc. Para la impresión de los tipos, Nancho confeccionó un rodillo entintable hecho de un cartón grueso que llevaba envueltos en su interior dos aros de madera provistos de un alambre que servía de eje, el cual terminaba en un mango que permitía su movilidad. Uno de sus primeros personajes fue la figura de “Tarzán de los monos”, acompañados en otras secciones con caricaturas de Walt Disney, como Pluto, el ratón Mickey, el pato Donald y diversos otros más muy populares entre los niños de aquella época. Cabría agregar que los dibujos aparecían acompañados de noticias y comentarios divertidos e ingeniosos que provocaban gran hilaridad entre sus lectores, por lo común familiares y amigos del grupo familiar. Desafortunadamente, con el pasar de los años no quedó el menor indicio de la existencia de este novedoso taller.
[De Tito Pettorino, recuerdos de la infancia compartida con su hermano (fallecido a fines del 2007), que había llegado a ser pintor, músico y poeta (Extracto de "Semblamza de un artista", biografía escrita e ilustrada, dirigida por su hermano Félix, pp. 57-62, Valparaíso, 2010, Impr. UPLA, 202 pp.]

Nena celebra a su hermano Félix al cumplir los 80. [De Berta M. Pettorino (Nena)]

Naciste en la Primavera amable,
te criaste con buenos consejos
de una madre de corazón admirable
de quien siempre tú has sido el reflejo.
Estudiaste con pasión y tesón
en cuanto colegio estudiaste,
fuiste el orgullo de su corazón:
un buen ejemplo desde que naciste.
Como universitario te destacaste
siempre en los libros, tu debilidad,
en grandes mamotretos estudiaste
y finalizaste con gran felicidad.

Te casaste con la niña de tus sueños
y formaron un hogar ejemplar,
con siete hijos, todos risueños
por tener un padre ejemplar.
Todos ya son profesionales
gracias a tus buenas enseñanzas.
¡Son conocidos los Morales
en la Universidad de Playa Ancha!
Allí nació el famoso DECh
que te tiene medio loco
con tanta palabra rara
que nadie conoce
¡ni yo tampoco!

Nena Morales Pettorino, Viña del Mar, Chez Gerald, 24.09.03.

miércoles, 25 de enero de 2012

La dulce muerte de mi madre. [+ 28.11.2006]


(De Amy, la menor de sus hijas))

La muerte…, esa palabra tan lejana en la niñez y que se va acercando lentamente, pero a pasos agigantados, hasta llevarse un poquito de tu vida o toda ella. Nunca se está preparado realmente, pero aparece inexorablemente, sin que la llamen, sin ni siquiera pensarla. Siempre está vigilante, se asoma sigilosa en el momento menos pensado y en aquellos más inesperados. Cuando llega la ocasión, se desplaza suavemente, como una ligera bruma que va envolviendo todo, dejando solo su fría y triste estela.
Hace un tiempo pensé que era mi turno, la sentí tan cerca, soplándome en la nuca, llamándome con  insistencia. Pero aún no era mi momento, logré que pasara de largo sin tocarme y pensé que no la vería por un largo tiempo…Pero, ahí estaba yo, nuevamente frente a ella.
Mi papá nos había llamado a todos, presintiendo el final. Las horas se me hicieron interminables mientras manejaba desde Santiago a Viña, sólo con lo puesto, como una autómata, preguntándome tantas cosas, rogando a Dios que me permitiera estar contigo en estos momentos, que me permitiera cerrar tus ojos por última vez. No supe cómo llegué, estaba muy nerviosa, traté de disimular cuando te abracé, te miré detenidamente, como queriendo retener hasta tu más ínfimo suspiro y, sin embargo, teniendo la certeza más absoluta que a cada momento se te iba un poquito de vida… ¿Cómo retenerte? ¿Cómo volver el tiempo hacia atrás?...Tomaba tu mano y sentía tu gran apego a la vida, tu lucha por permanecer en este mundo, querías permanecer sólo por amor... Amor profundo e inagotable por nosotros, tus hijos, y por tu amado esposo, compañero de tantos momentos maravillosos...
Te hablé de mil cosas, disimulando mi angustia de siquiera pensar en no tenerte nunca más. Estreché tu mano y sentí que nos quedaba poco tiempo para disfrutar juntas…¿Por qué no habré estado más momentos contigo?, ¿Por qué no supe que, aún amándote tanto, no hice lo suficiente?.
Fuimos a la Clínica, te acompañé en la ambulancia, sentías que te faltaba el aire, yo trataba de ayudarte, retaba a todos los que no entendían tu dolor y desesperación…Mientras estábamos en ese lugar me di cuenta que cada vez te iba quedando menos tiempo…Mi papá tomó la valiente decisión de llevarte a casa nuevamente, tal como tú lo hubieras querido.
Llevamos una enfermera para cuidarte; sin embargo, igual nos quedamos, junto a mi papá, Nechia y yo para acompañarte, vigilábamos cada movimiento, cada suspiro…Tenía terror que en algún momento te fueras, me consolaba el sentir tu respiración, aunque ésta se fuera haciendo cada vez más dificultosa y desesperada…En un momento comenzaron tus quejidos, ya no podías más…Pensaba que ya no quería verte así…Mamá, no sigas luchando, estás demasiado cansada, ya es suficiente…camina hacia Dios con tu fe impenetrable, siempre intacta, cuídanos desde allá. Anda tranquila y en paz, te amamos y eso no cambiará jamás, la maldita muerte jamás nos podrá quitar eso.
Tomé tu mano, pero poco a poco se fue haciendo cada vez más fría, primero tus dedos y luego toda la palma…una leve tela comenzó a cubrir tus ojos…¿Era el reflejo de la muerte?¿La estabas mirando ya, mamá? No, no tengas miedo, estaremos acá hasta tu partida, hasta tu último suspiro, no te dejaremos sola.
Con mi hermana comenzamos a rezar, a cantar, a abrazarte, a decirte que tu tarea estaba más que cumplida, que lo hiciste maravillosamente, que eras la mejor mamá del mundo, que podías irte tranquila, que estaríamos bien sin ti…aunque fuera la última mentira piadosa que escucharas.
Comenzaste a despedirte sólo con tu mirada, cada vez más perdida y extasiada. Fue un momento triste y maravilloso…Parecía que mirabas parajes hermosos, llenos de paz. Tu olor, ese olor a seguridad y consuelo, comenzó a estar por toda la habitación, estaba todo el lugar lleno de ti, tu aroma nos envolvía como un gran abrazo que deseaba abarcar todo lo querido, todo lo amado... Mamá, ya no siento el calor de tu mano, tus ojos comienzan a estar fijos al cielo ¿Te encontraste con tu Dios, tu compañía de toda tu vida? Anda, mamá, ve en paz, estaremos bien, siempre permanecerás muy dentro de nosotros. Cerré tus ojos y besé tu frente…Gracias Dios por permitírmelo…
Tu partida fue hermosa, colmada de besos, de caricias, de tiernas y dulces palabras, de profundos abrazos, como queriendo aprovechar hasta el último sitio cálido de tu cuerpo. Te amo, mamá ¿cuántas veces te lo dije?, quizás deberían haber sido más, nunca es suficiente… En estos momentos todo es poco, tan poco, frente al profundo y amargo espacio que dejaste en mi corazón.
Quiero estar sola, hundirme en mi pena profunda y hurgar en mis recuerdos, sacarte de mi corazón y mirarte nuevamente y mil veces más….Pero la enfermera me dice que debemos prepararte….¿Qué? ¿De qué me habla? ¿Qué debo hacer? No, no sé, nunca debí preparar a nadie para su despedida terrenal…¡Qué duros momentos aquellos! Es ahí cuando te enfrentas cara a cara con la muerte, la miras a los ojos, la hueles, la encaras, la miras valiente a los ojos, pero pese a los esfuerzos, te congela por dentro…Sólo puedes actuar por amor…amor a ese cuerpecito de anciana que alojó por tanto tiempo a ese ser tan maravilloso y amado que eras tú... Mientras te preparaba, te besaba, te acariciaba, aún mantenías tu calor, aunque fue desapareciendo poco a poco, como si te fueras apagando... Lloré y lloré sin consuelo, pensando en qué momento sucedió todo esto, en qué momento te fuiste sabiendo que me habías prometido de niña no abandonarme jamás…¿Por qué se hacen promesas sin sentido? No quiero pensar siquiera que no estás…No quiero pensar….Sin embargo, comienzo a sentir tu ausencia…¿Cómo describirla? Es un dolor profundo, una clavada fuerte en el pecho que te perfora y te deja sin aliento, puedes sentir el aire que traspasa tu cuerpo, no eres nada, sólo tienes una pena sin fondo, una pérdida desgarradora que te deja indefensa…te sientes huérfana, vuelves a ser niña, insegura y débil.
Mamá, por favor, desesperadamente quiero sentir por última vez tus abrazos, tus besos, tu alegría, escuchar tus palabras, tu risa, sentir que “vuelvo al útero”, como te decía que era estar junto a ti, junto a tu cálida seguridad …¿Cómo podré seguir viviendo sin todo eso?. ¿Cómo podré….?
¿Por qué la vida sigue, como si nada hubiera pasado? ¿Nadie se da cuenta de tu ausencia? ¿Acaso este maldito mundo no puede parar tan sólo un momento? ¿No se dan cuenta que para mí todo ha cambiado? No puede ser lo mismo…más aún cuando veo el rostro triste y desconsolado de todos los que te amamos. Al menos mi vida ya no será la misma ¿Qué haré con esta pena infinita?... Mamá, sólo espero poder morir así, junto a los que me aman, llena de paz y ternura. Nos dejaste un gran legado de amor y dedicación. Dichoso será el día en que nuestras almas se encuentren y se estrechen nuevamente en un eterno y gran abrazo y en que pueda decir como tú: “vida nada me debes, vida estamos en paz”.  Te amo hasta el cielo, mamá…Hasta que el destino nos junte…


                                                AMY, tu hija inconsolable.

El duelo y el bálsamo.



I.- El duelo.
(Félix Pettorino)

Miro una vieja fotografía. Ajada, amarillenta, pero todavía llena de vida. Más que mirarla, la contemplo extasiado. Es ella a los 18. Siento una tenaz opresión en el pecho. Me quebranto de dolor al sentir el impacto de su alegría de vivir, sus almendrados ojos verdes llenos de luz, su típica sonrisa con un halo de perennidad. Con el corazón oprimido por la ansiedad a que me somete la consciencia de este persistente abandono, rompo a llorar como una criatura y me sumerjo en un pozo de angustia y desaliento al revivir aquel momento radiante de juventud, tan merecidamente feliz, reflejado en una fotografía de un pasado lejano irremediablemente muerto. Y pienso en la fugacidad del tiempo, en el mínimo trocito de vida que somos en medio de este Universo ilimitado... Y se me asoma al alma, como el aleteo de un pájaro, este consuelo absurdo: “Ella no era así en sus últimos días... ¡No fue eso lo que perdí! Porque cuando ella se me fue, la llama flameante de su juventud, aunque yo no quisiera darme cuenta, ya estaba extinguida sin remedio...”

Una fuerza desconocida me lleva a transportar su figura sesenta años más tarde, en el aciago ocaso de su hermosura deslumbrante, como la lúgubre reencarnación de su fulgor juvenil, en una ancianita de ojos sorprendidos por el desgaste inclemente de los 20.000 días presionando minuto a minuto sobre su doliente cuerpecillo. Insensiblemente, el divino regalo de la vida se lo fue arrebatando lentamente una fuerza desconocida devorándolo con aquella carcoma silenciosa que pesa como ominosa maldición sobre todo ser viviente... Y no puedo dejar de proferir un inútil alarido de desconsuelo: ¡Ella, mi gran amor, en sus últimos dias, ya no era ella! La imagen verdadera, oculta tras esa fotografía envejecida por el sol de tantos decenios no fue lo que perdí! Antes de morir, ya se había extraviado para siempre dentro de ella el último vestigio de toda  su portentosa belleza embriagadora...

De pronto percibo espantado que hay algo de falso en ese clamor de loco desahogo. Y en un rapto de lucidez, siento que hay alguien en mi interior que me advierte con dureza: -¡El espíritu! Recuerda, insensato: ¡el espíritu! ¿No estaba ese fulgor celestial todavía pleno de lozanía juvenil dentro de su doliente cuerpecillo de anciana? ¿No sentías de continuo, pese al cruel paso del tiempo, sus balsámicas caricias, sus voces, sus besos llenos de ternura y de amor incontenible? ¿No era su misma presencia, sus mismos labios, los mismos dulces efluvios de aquella pasión arrolladora de los primeros días? Eres injusto con ella, cruel contigo mismo al pensar así...¿Acaso pudiste comprobar, a lo largo de los años, siquiera un leve deterioro en la entrega recíproca? ¿No fue cada vez más intenso el sentimiento, incrementado a cada instante por la inminencia de una separación irreparable?

¡Cuidado, Fulano de Tal o como te llames! Tu corazón se corroe vanamente por el quebranto de una ausencia sin retorno. Aunque sea cierto que el cuerpo de ella fue declinando hasta llegar al total anonadamiento, recuerda que para el espíritu no transcurre un ápice de tiempo, no existe nada material, ni siquiera la nada misma... El corazón de ella está dentro de ti, tan intacto, tan lozano y palpìtante como el primer día en que la conociste y la llegaste a amar con real entrega...

Por eso, cuando vuelvas a observar esa vieja fotografía ajada y descolorida, pero todavía llena de vida, más que mirarla, sigue contemplándola como siempre, enamorado, extático, alucinado... ¡Es ella, aún ahora, como a los 18, lozana, exuberante, plena de juventud!

¡Y es justo ese hermoso cuerpo el que algún día habrá de resucitar radiante de gloria! Porque su alma, su alma blanca como una rosa blanca, se mantiene, como siempre, intacta y vivificante. Tu amada es y seguirá siendo toda para ti como tú lo has sido para ella... Y no llores más. Son los designios de Dios. ¡Nada has perdido!
Viña del Mar,  4 de diciembre de 2006.


II.- El bálsamo.


Nany  (Gladys Belvederessi)

Me conmovió profundamente tu página tan sentida, tan vibrante de dolor, en que gritas tu rebeldía ante lo perdido. No puedes imaginar hasta qué punto te he comprendido, porque yo también he vivido momentos semejantes, y he sentido esa misma angustia en la soledad y el silencio. Pero es que en ciertos momentos uno recorre una nueva comarca del espíritu en una inútil búsqueda del paisaje acogedor que nos dibujaba esa otra alma tan amada en que nos cobijamos por tantos años.

En un instante de rebeldía tú dijiste: la Inés que se fue no era la misma Inés que encontré en mi camino de juventud. Pues, yo te aseguro que era la misma; sólo que, para que la dejaras en libertad de irse, Dios te la disfrazó con su apariencia de ancianita frágil, pero tras ese disfraz piadoso estaba tu misma Nechia de los años verdes, con el mismo amor, con la misma entrega generosa, con la identidad que adquirió al tomar tu nombre y llevarlo con orgullo por la vida.

       No hay que pensar en lo que uno ha perdido, sino recordar con gratitud todo lo que uno recibió y tuvo como su feudo espiritual durante un largo tramo del camino. Entonces uno reconoce que tuvo mucha suerte; que Dios, o el destino, o como quieras llamarlo, lo colmó a uno de bienes invaluables. Tú llegaste a este mundo en una familia valiosa, y junto a Inés fundaste otra familia igualmente valiosa. Si miras hacia atrás, puedes enorgullecerte de todo lo que viviste a su lado, y cómo ella te siguió, te acompañó, te rodeó de un aura de paz, de seguridad, de siembra prometedora. Yo vi a Inés, en esta última etapa en que pude compartir algunos hermosos instantes de amistad con ustedes dos, tan íntegra, tan sana de alma y de espíritu, tan plena de una alegría que emanaba de la paz que da una vida sin tacha y sin reproche, que no sabría decir si esa energía positiva que yo sentía al estar con ustedes provenía de ella o de ti. Era algo que surgía de la unión de ustedes dos.

            Pero uno no puede pretender tenerlo todo siempre. Hay etapas en que uno tiene que aprender a recorrerlas solo: las de la primera juventud y, ahora, las de la etapa final, en que uno tiene que seguir aprendiendo, con otras experiencias (muchas muy dolorosas), como todas las tristes noticias de enfermos y de muertos que me comunicas, en que uno tiene que ir desprendiéndose de muchas ataduras para dedicarse a sacarle lustre al alma. Y saber dar a los que van quedando junto a uno, amor, comprensión, ternura, paz, alegría y sol del alma.

No, tú no has perdido nada. Inés te dejó lo mejor de sí misma: su bella juventud, y eso es lo que debes mantener presente en tu mente y eso es un bien que nadie te puede quitar. Y si recuerdas siempre a Inés joven, tú también te sentirás joven y seguro y en paz.

Conservaré como un valor que me has confiado para que lo guarde, esa página conmovedora que me mandaste en recuerdo de Inés. Gracias por tu confianza, que es amistad y es bondad. También te digo: que las bendiciones del Señor  te acompañen siempre hasta el fin del camino, mi gran amigo:

Santiago,14 de diciembre de 2006

martes, 24 de enero de 2012

21 voces de amor para Inés (De su esposo Félix Pettorino)

Imagen del perdido paraíso,
Naciste con los dones de la flor:
Eres galana, quien te vio te quiso,
Sentirás las delicias del amor.
2
Nacimiento.
Fue un veintiuno de mayo
de un año cifrado en tres.
La niña a todo caballo
arribó al amanecer.
Clara Luz, dulce desmayo,
al ver lo linda que es.
El sol enciende sus rayos:
¡hoy nació Marina Inés!
3
Fotografía familiar.
Un rincón de La Serena
en casona colonial,
calle Almagro por más señas,
a la foto va a posar
una cofradía entera:
Raúl, Enrique, papás,
Inés, Margarita, Elena,
¡qué cuadro más familiar!
Entre todos, la más tierna,
¡adivinen dónde está!
4
Primer encuentro.
Avecita de mis sueños,
vuelvo a mirarte en la UC,
no tenías ningún dueño,
te posabas por doquier,
luego emprendías el vuelo
y no te volvía a ver.
Con la vista puesta al cielo
soñaba con otra vez...
5
Corazonada.
La divisé en la Cato
con un dúo de chiquillas.
Me enamoré en el acto
de lola tan pizpirilla.
Medité por un buen rato:
¿Llegará ella a ser mía?
6
Inés.
La llaman Inés Hernández,
ella es linda como el sol.
Con quienquiera que ella ande
le hará derramar amor.
7
Glamour.
Dos esmeraldas por ojos
albos pétalos por piel,
fruta dulce en labios rojos,
seda en piernas es Inés.
8
Danzando.
La Inesita cuando danza,
cada vuelta es una flor,
dicen que cuando se cansa
de sus labios brota amor.
9
Colores
Verdes, que os quiero verdes,
son los ojos de mi Inés;
negros que os quiero negros,
¡son los cabellos que ves!
Alba, que te quiero alba
piel de Inés, puro marfil,
roja que te quiero roja
es su boca de rubí.
10
Lucero.
Inés, reluciente estrella
que naciste frente al mar,
para mí la luz más bella
que me guía al navegar.
11
Bella durmiente.
Cuando duermes a mi lado,
te miro, Inés, con fervor.
Hay como un halo sagrado
que se expande  en rededor.
Todo el aire está callado
mientras divaga el amor.
12
Alumna de Francés.
Piernas lindas, una niña,
es alumna de Francés.
Verdes ojos me fascinan.
pelo negro, alba tez.
Un profesor pasa lista.
Yo escucho: Hernández, Inés.
13
El jardín.
En un jardín de delicias
trinan dos aves sus versos.
Hagamos, Inés, justicia:
Los versos son besos nuestros.
14
Alcurnia.
Noble estirpe serenense
va con ella adonde esté.
Si eres falaz ni lo pienses
en cautivar a mi Inés.
15
Mi niña.
Quien conoció a mi niña
supo lo bella que es:
por fuera, linda chiquilla,
dentro, dulce ángel, Inés.
16
Su glamour.
Chica más maravillosa
no he conocido en la vida.
por todos lados es hermosa,
su risa al beso convida
y es igual de glamorosa,
esté despierta o dormida.
17
Paseo por la plaza.
Por la plaza de Serena
alba faz, dos esmeraldas,
Nechia, la de ágiles piernas
envueltas en grácil falda,
de su galanura ajena,
viene a mí. Tirita el alma.
18
El rezo del rosario.
Las seis, reza el rosario,
medalla en relieve, Inés,
en su seno un relicario,
oro puro en alba tez.
Su lecho, excelso sagrario,
veo un ángel a sus pies.
19
El rosario.
Desgránanse entre tus labios
las perlas de una oración,
lentos recorre el rosario
los pasos que llevan a Dios.
Ya estás al pie del Calvario...
Inés: ¡no digas adiós!
20
Una estrella fugaz.
El amor cae del cielo
como una estrella fugaz,
deja heridas en el suelo
que no se extinguen jamás.
Inés me da este consuelo:
“–Con besos te aliviarás”.
21
Junto a Dios.
¿Qué sol rodará mañana
cuando no estemos los dos?
¿Qué duelo habrá de campanas
tras mortal separación?
La respuesta es meridiana:
¡Estaremos junto a Dios!