martes, 3 de julio de 2012

Un breve poema de regalo a dos buenos amigos. De Félix Pettorino (Christian Delmar)

A Georgina, flor de Carlos.                                                                   

Gina bella, noble rango,
quien te vea, te querrá,
pebeta bailando tangos
y Venus en arte de amar.

No hay ser que no te quiera,
diosa del más humilde can,
tu vida es flor de primavera,
luz bella y dulzor de verdad.

Esa ternura, amada Gina,
jamás te abandonará.
Hay en ti una luz divina:
Tu sino es felicidad.

Carlos junto a ti camina:
broche de oro, amor y paz.
Ambos su senda iluminan
con un amor ejemplar.


Viña del Mar, 4 de julio de 2012.

domingo, 1 de julio de 2012

Pesimismo: el alma condenada a vivir el cruel destino del cuerpo.

    Un breve poema del músico, pintor y poeta  Nancho (Hernán M. Pettorino) rescatado de papeles dados por perdidos y descubiertos por Estrellita, su hija menor.

    En él se advierte cierta nostálgica certidumbre acerca de que su alma no será capaz de dejar huellas después de una vida llena de inquietudes y creaciones artísticas. Siente que su espíritu quedará atado para siempre a su cuerpo ...


   Olvida, sin embargo, que las obras sobreviven a su autor y con ello sus inquietudes y creaciones lo trascienden por un tiempo si no eterno, al menos indefinido.


   He aquí el texto del poema:




Visión ecuánime.

Desde mi centro móvil
observo el reino inmóvil
donde nacen y mueren
posibilidades sin cuento,
múltiples imágenes
reflejadas en quietud
por el espejo inacabable
que es memoria del tiempo.

Aunque mi cuerpo termine,
seguiré aquí, porque sé
que no existe lugar alguno
en el vacío infinito.

La sociología puesta a dura prueba.


La ponencia.

                                               Félix Pettorino.
                                                                                       
... “En estas últimas décadas, el país ha ido aprendiendo a vivir en democracia. La ruta no ha estado exenta de tropezones, pero así es el aprendizaje cuando se parte de cero. Justo al lado del camino se han hecho oír voces, a veces exageradas, de tolerancia y de respeto a la diversidad...”

Un murmullo de desaprobación surgió en la sala de clases como eco tumultuoso. Y tras el breve silencio, surgió al fondo una voz inquisidora:
-Profesor: ¿podría explicarnos aquello de “exageradas”...?
En eso, la puerta del aula se abrió bruscamente. Todas las cabezas giraron en dirección a ella. Se sintió un ¡aaaahhh! bajito, pero claramente perceptible. Era el rector.
–¿Interrumpo...? –. En vez del sensato “–¡Por supuesto que sí!”, nadie atinó a contestar.
El señor rector, con la soltura propia de su alto rango, espetó desde la puerta:
–¿Podría Ud., señor Vidales, venir de inmediato a mi oficina?
Y acaso, para no desazonar al auditorio, proveedor de tantos bienes, agregó con forzada sonrisa:
–Perdonen, muchachos, mi intromisión. Se trata de una emergencia.
Y pese a lo que bien pudiera haberse esperado, el semblante del profesor parecía no delatar ninguna emoción particular. Se percibía en el aire un esfuerzo mayúsculo por disimular su desazón. En esa universidad privada se había hecho rutina la interrupción de las clases por la autoridad sostenedora. Ciertamente, a pesar de la flema del docente, la procesión iba por dentro.
Hecho lo cual, el profesor Vidales, tomando desde el pupitre su libro de clases, se dirigió a la puerta de la sala, no sin antes dejar dicho y recomendado con tono protector lo que le pareció más provechoso para su alumnado: “–Trataré de regresar lo más pronto que pueda. Mientras tanto preparen la prueba de Sociología para el día de mañana. Y aprovechen de estudiar, porque un pajarito me ha contado que viene brava...
Le sucedió otro fuerte murmullo socarrón, pero esta vez más de contrariedad que de desaprobación.

*
*                                        *

Cuando el profesor Vidales salió de la sala, se percató de que el señor rector, rumbo a su oficina, le había ganado la delantera por unos respetables cincuenta o sesenta pasos. Y por más que apresuró el tranco, le fue imposible alcanzarlo, hasta que casi sin darse cuenta se encontró, a boca de jarro, con la mismísima mampara de la Rectoría. Tocó suavemente el vidrio “catedral” con los nudillos de su mano izquierda e inmediatamente oyó la voz estentórea de quien lo conminaba a ingresar a aquel tabernáculo donde –según las murmuraciones de pasillo– se tejían las más atrabiliarias y preocupantes decisiones de la autoridad universitaria de turno. –“¿Para qué será?, ¿para qué será?”– le machacaba una voz en el cerebro, –“¿para qué será?”. Nunca antes un rector lo había citado a su oficina de modo tan urgente y perentorio. Sólo hacía votos por que no fuera nada tan tortuoso como para perturbar la tranquilidad de su hogar, poblado amorosamente por los tres inocentes corazones de su mujer y de sus dos retoños: una niña de cuatro y una guagüita de año y medio... Llevaba poco más de siete años en esa Universidad naciente, que hasta el momento no había sido declarada merecedora de su buen pálpito. Al principio, todo le había parecido excitante y promisorio, pero a poco andar había husmeado en el aire un ambiente enrarecido donde aún se advertían las huellas suspicaces de la recién pasada dictadura. Mas, no todo era tan desalentador: cada lección que dictaba desde su cátedra de Sociología lo impulsaba a sentirse menos inseguro y más entusiasmado con lo que hacía, y, pese al progresivo incremento de la distancia generacional, se veía ahora más cercano que nunca a aquella juventud audaz y bulliciosa que hacía muy poco tiempo había dejado atrás para ocupar el ansiado sitial académico.
–¡Entre, profesor!
La suerte estaba echada. Había que aguantar el imprevisible chaparrón del señor rector.
–Lo llamaba, profesor Vidales, para hacerle una proposición académica que estoy seguro le interesará...– inició su arremetida el rector, mientras hojeaba un atado de papeles que dejaban entrever unos cuantos membretes emblemáticos.
–¿De qué se trataría, señor rector? – se atrevió a inquirir el joven docente. La ansiedad no le permitía ocultar las emociones, donde el recelo hacía batirse en retirada a la curiosidad.
–Es algo que a usted no dejará de halagarle– contestó con cierta premura el jefe académico dejando entrever un dejo de paternalismo. –Se trata, profesor, de un verdadero desafío doctoral en su reciente carrera como docente de Sociología.
–¿...?

– Es el caso de que a fines del próximo mes se celebrará en una capital de América un simposio de Sociología, que deberé presidir, ya que acabo de ser elegido por ser el más antiguo. Se trata de un encuentro científico entre dos universidades privadas fundadas hace 25 años, con escasa diferencia de tiempo, vale decir, una especie de Bodas de Plata universitarias celebradas de modo absolutamente consagrado a lo académico... Y esta rectoría estaría muy congraciada con una ponencia de usted. Dados sus probados merecimientos, estoy seguro de que será un aporte científico de gran interés, no sólo para esta universidad, sino para las ciencias sociales en particular. ¿Qué le parece, profesor Vidales?
      –¿Qué otra cosa le podría contestar, señor rector? Que me siento muy honrado y agradecido con su decisión...
– No esperaba menos de usted, doctor Vidales– acotó el rector. Pero hay algo más: El evento cuenta con los auspicios de una poderosa cadena de tiendas y supermercados trasnacionales, que le asegurarán a usted unos muy merecidos y jugosos honorarios por su valioso trabajo...
Vidales no se atrevió a preguntar nada más. Solo dijo “–Gracias, señor Schmidt” (algo sorprendido interiormente por haber nombrado al rector por su apellido) e hizo ademán de retirarse rumbo al aula.
– ¡Un momento, Vidales! No me ha preguntado usted por el monto de los honorarios... ¿Es que no le interesan?
El profesor, algo confundido con la pregunta, contestó: -No es que no me importen en absoluto, pero la verdad es que me basta con el honor que usted me acaba de hacer. Y hasta le podría proponer el título de la ponencia, que hace tiempo la mantengo “en barbecho”, a medio preparar: “La educación en democracia”... ¿Qué le parece?
–¡Espléndido, espléndido!, doctor Vidales– rubricó con vehemencia el rector. Se ve que usted es un maestro idealista y de gran vocación. Lo felicito por ello. Y gracias por su entusiasta aceptación.
Dicho lo cual el profesor Vidales abandonó la rectoría.
*
*                                        *

Un clamor de desaliento se expandió por el aula como respuesta al apresurado regreso del profesor Vidales.

–¿En qué estábamos, muchachos?– preguntó con energía, haciendo caso omiso de la reacción poco alentadora del curso.
– En eso de las voces exageradas de tolerancia a la diversidad– contestó con tono desafiante uno de los estudiantes de la primera fila. –Queríamos que nos explicara cómo es que haya llegado a pensar usted que la tolerancia a la diversidad puede ser exagerada. Y con intención polémica marcó el acento en la última palabra.
– Muy simple– replicó el maestro sin dar señales de contrariedad. –La diversidad es un hecho social incontestable; pero no por ello debemos igualar en deberes y derechos el matrimonio entre un hombre y una mujer al mero compromiso erótico entre dos personas del mismo sexo...
–¡Profesor!,–  apuntó otro–, ¿podría proponernos otro ejemplo que no fuera tan trillado como el que usted acaba de mencionar?
Vidales advirtió que su auditorio, abandonando su condición de tal, se había tornado inquieto y expectante. Recobrando su habitual aplomo, trató de reaccionar con presteza.
–Los ejemplos, estimados alumnos, son abundantes. Abarcan a todos los marginados socialmente por el solo hecho de ser diferentes al resto: los indígenas, los negros, los inválidos (sean ciegos, sordomudos, cojos, corcovados, parapléjicos, etc.), los extranjeros (hablantes de lenguas extrañas, indocumentados, inmigrantes, etc.). Y en este terreno puede resultar nocivo exagerar la tolerancia o el respeto a su diversidad al no percatarse de que justamente por ser diferentes al resto de la masa social requieren de un tratamiento humano y jurídico “especial” o en alguna medida “distinto”, y no necesariamente igualitario. Y para resguardar sus derechos como seres humanos y los de los demás, es preciso dictar estatutos apropiados a su condición, como son, por ejemplo, la leyes o disposiciones que buscan proteger a los aborígenes, a los  refugiados, a los pobres (la miseria es también una forma de diversidad) y aun a los enajenados mentales que cometen delitos...
–Pero, profesor–, objetó uno del grupo situado en la vanguardia de la sala–, los ejemplos que usted nos acaba de mencionar no son casos de medidas exageradas a favor de la tolerancia y del respeto a la diversidad. Al revés, yo las encuentro muy atinadas, muy ajustadas a derecho y muy humanitarias.
–Parece que no me he dado a entender con claridad– retrucó el profesor. Lo que quiero decir es que la diversidad social es un hecho de la causa. No cabe negarla o no tomarla en cuenta. Por otra parte, hay que reconocer que la diversidad en el ámbito social es un hecho complejo que requiere de múltiples distinciones. Así, no es lo mismo un pedófilo o un loco criminal que un sordomudo o un homosexual. Los dos primeros requieren protección social, mientras los dos últimos demandan ser protegidos... Y es preciso adoptar conductas que consideren la existencia de ella y de su enorme complejidad en el medio social, de modo que amparen a quienes son diferentes en la medida en que se encuentran en una situación de debilidad o impotencia o que protejan a la sociedad de las minorías humanas que le son nocivas. Por ello mismo no es absolutamente cierto aquello de que todos los hombres seamos iguales. A revés, sin perjuicio de los derechos fundamentales a la vida y a la seguridad, somos uno a uno diferentes y es preciso respetar, sin exageraciones, esta diversidad y socorrerla cuando el caso lo amerita. El exceso de protección a la diversidad puede, en algunos casos, ser nocivo: ¿cabe, por ejemplo, la consideración extremada a los falsos derechos de un loco, de un drogadicto, de un pedófilo, de un delincuente, dándole prerrogativas que pueden dañar gravemente a víctimas inocentes? Y no digo más, pues nuestros timbres acaban de anunciar el término de la clase...
Un bromista confundido en medio del montón dejó lanzar su puntual cuchufleta: –¡Lo salvó la campana, señor Vidales! Hubo algunas risitas dispersas.
Vidales, sin hacer caso de la chanza y de su efecto, abandonó la sala.
*
*                                        *

El profesor Vidales regresó pensativo a su hogar. Una simple frase suya pronunciada a la pasada había dado lugar a un diálogo inconcluso, que reclamaba un cúmulo de distingos y aclaraciones. Se percató de que la ponencia “La educación en democracia” que le había propuesto al rector Schmidt no era tampoco tan sencilla como lo había imaginado, o sea, algo tanto o aún más complicado que el temita ese de “las diversidades sociales”.
Desde ese momento, Vidales gastó horas y más horas en descifrar el meollo de su ponencia. Por ningún motivo dejaría mal puesta a su Universidad ni, desde luego, a su calidad de docente-investigador. Al final, después de mucho consultar, leer y cavilar, llegó a la conclusión que el punto clave de su conferencia radicaba simplemente en una suerte de “retroalimentación” que se produce entre educación y democracia. De modo que así como la primera permite nutrir y perfeccionar a la segunda, la democracia, a su vez, cada vez que avanza un paso en su desarrollo cultural y civilizatorio, demanda más y mejor educación de parte de sus ciudadanos.
Para no aburrir al lector, no mencionaremos sus copiosas lecturas de los trabajos de John Dewey, como “Freedom and Culture”; de Sydney Hook, “Educación para una nueva era”; de Emile Durheim, “La Educación moral”; Pierre Bordieu, “Sociología y Cultura”; etc., etc. Baste saber que dedicó los cuarenta y tantos días que le quedaban en el estudio y reflexión del tema que había elegido para la presentación de su ponencia en una antigua ciudad americana. Y hasta abandonó su cátedra durante las dos semanas que le restaban a fin de prepararse con la mayor acuciosidad y profundidad posibles para el gran acontecimiento que debía coprotagonizar. El esfuerzo que debió realizar a raíz de tanto trabajo, revisando y analizando textos, fue, en verdad, el más grande que alguna vez pudo haber llevado a cabo durante sus casi ocho años de labor académica.
                                *
*                                        *

Por fin llegó la semana en que el profesor Vidales debía dictar su conferencia. Se apresuró a actualizar el pasaporte (hacía mucho tiempo que no viajaba al extranjero). Luego, dejar a un alumno antiguo de la cátedra en calidad de ayudante temporal, arreglar los numerosos trámites del viaje en avión rumbo a un país del norte, finiquitar algunos encargos y cuentas pendientes, empezando por su hogar, y finalizando todo con la llorosa despedida de su mujer y de sus dos hijitos... Empero, lo que no podía olvidar era repasar y repasar con mucha calma y reflexión el texto de la ponencia, con un estrés de los grandes, ya que no estaba realmente acostumbrado a esos trotes de largo aliento. A lo sumo, la preparación cotidiana de sus clases y una que otra charla caída, sin necesidad de mayor estudio...
Las siete horas que duró el viaje las destinó al estudio y a la relectura de la malhadada conferencia, lamentándose a ratos de que su condición de novel sociólogo le demandara el descomunal esfuerzo de satisfacer la curiosidad de otros talentos, por lo común superiores al suyo. Y ya lo estaba notando: el tenaz estrés lo estaba arrastrando a atormentar su ego con un complejo de inferioridad que se le hacía cada vez más insoportable.
Ya en el aeropuerto, mirando su reloj, se dio cuenta de que por el atraso del vuelo, sumado a la diferencia horaria, llevaba un retraso de dos horas, por lo cual le quedaban escasos 25 minutos para llegar a tiempo. Salió a la carrera del control aduanero para tomar un taxi que lo llevaría al “Centro Superior de Estudios Hispanoamericanos”, un monumento arquitectónico que databa de la época de la Colonia con su docena de gruesas columnas de mármol como pórtico coronado por una escalinata del mismo precioso material dotada de unos cuarenta a cincuenta peldaños cuyo ascenso le pareció interminable...
Al trasponer todo sudoroso y acezante la entrada, le pareció lo más conveniente preguntar por el profesor Sr. Adolfo Schmidt, ya que siendo el presidente del Simposio, le pareció obvio que todo el mundo lo conocería...
–¿El profesor Rodolfo Smith ha dicho usted?- alcanzó a malinterpretar el portero. –No sabemos de ningún profesor del Centro que se llame así.
Vidales se rascó la cabeza a la vez que le echaba una ojeada al cartapacio atiborrado de documentos que extrajo de su maletín de viaje.
–¿No es este el Centro Superior de Estudios Hispanoamericanos? – arguyó. –¿No se celebra aquí y ahora un Simposio de Sociología?
– ¡Haberlo dicho antes, señor...! ¿Cómo es su nombre?
– ¡Belisario Vidales, profesor de Sociología! Vengo de un país de América del Sur y estoy invitado al Congreso de Sociología.
– ¡Sírvase subir al tercer piso, señor Vidales! Es la quinta puerta a la izquierda del corredor. Tendrá que hacerlo por la escalera central, ya que los ascensores se encuentran en reparaciones.
–¡Gracias, señor!- repuso tímidamente Vidales. Se sentía acorralado y desorientado, como pollo en corral ajeno.
Un tanto repuesto, subió algo más airosamente la blanquecina escalinata, pero al trepar por ella le pareció cada vez más fatigosa la subida. Avanzaba a duras penas, rumbo, primero, al segundo piso, luego al tercero..., donde encontró que todas las puertas estaban cerradas a piedra y lodo... Golpeó en cada una de ellas y nadie respondió. Permaneció un momento pensativo sin saber qué hacer en tal duro trance, cuando un señor que venía bajando del piso superior al verlo tan perdido, le preguntó:
–¿Qué busca usted, señor?
–¿Me podría usted decir dónde está el Centro Superior de Estudios Hispanoamericanos? – Y agregó por más señas: –Es donde se celebra un Simposio de Sociología...
– Lo del Simposio no tengo idea- aseveró el desconocido. Pero el Centro Superior de Estudios Hispanoamericanos queda en el tercer piso, que es de donde vengo... Al salir de la escala, gira usted a la izquierda. Es la quinta puerta del vestíbulo.
Vidales estuvo a punto de propinarse un palmazo en la cabeza. Recordó que en ciertos países el primer piso se llama “planta baja” o algo parecido, y que la enumeración de los pisos de un edificio comienza a partir del segundo...-¡Qué plancha, Dios mío!- se dijo. –Y, ahora, ¡a trepar hasta el cuarto piso, o sea, hasta lo que aquí se llama el tercero!

Cuando accedió al pasadizo, advirtió que todas las puertas eran más bien estrechas, parecían cubículos para docentes... La quinta de la izquierda estaba cerrada. Tuvo que golpear para que le abrieran. Al rato apareció el rector Adolfo Schmidt en persona, quien le dio un gran abrazo con una efusión que a Vidales le pareció extremada.
– ¡Qué gusto de verlo, profesor! Y haciendo caso omiso del lamentable estado físico en que llegaba el visitante, exclamó: ¡Parece, Vidales, que usted está cada día más rejuvenecido! Entre, por favor, mire que lo estábamos esperando...
– Y ... ¿dónde es el Simposio? – se atrevió a preguntar el profesor Vidales, ya semidevorado por los nervios.
– ¿El Simposio? ¡El Simposio fue ayer, mi querido amigo! – aseveró el rector sin inmutarse. Y, luego dirigiendo la voz hacia el interior del cubículo: – ¡Perdonen, colegas!, quiero presentarles a un ilustre catedrático colombiano que viene a visitarnos desde América del Sur.
Vidales miraba de hito en hito sin entender una palabra. Se limitó a saludar fríamente a ambos desconocidos, cuyo elegante atuendo hacía pensar mas en dos acaudalados señores, posiblemente empresarios, antes que en catedráticos de verdad.
Una vez acabadas las presentaciones de estilo, se atrevió a preguntar de nuevo, venciendo su proverbial timidez:
– ¿Y el Simposio? ¿Qué pasó con el Simposio?
–A raíz de la celebración de Semana Santa, que se hace aquí en forma, al puro estilo sevillano, el Encuentro de Sociología se adelantó en tres días. Aunque fue algo repentino, me tomé el trabajo de avisarte a tiempo, en nota dirigida a tu correo electrónico... A lo que veo, no tuviste tiempo de revisarlo en tu note-book antes de viajar...
–¿Y mi ponencia? ¿Qué vamos a hacer con mi ponencia?- susurró bastante amoscado el profesor Vidales.
–¡Ah, la ponencia! No te precupes para nada. Supongo que la traes impresa, ¿no es así?
–¡Efectivamente!
–¡Qué bueno! Es el caso que se va a publicar en la revista “Scientia veritatis” de “nuestro” Centro Humanístico. Tus honorarios están asegurados. Y, no te afanes, son bastante aceptables, como te lo he asegurado, nada menos que 20.000 dólares por el trabajo, viático y gastos consiguientes... De tal modo que no tienes por qué inquietarte...
Vidales respiró aliviado, no tanto por lo suculento de la remuneración, sino porque se hallaba casi al borde de la ruina por los gastos que había debido hacer para trasladarse por vía aérea a un país tan lejano.
El rector Schmidt prosiguió calmadamente:
– Lo único que te pido, Vidales, es que me firmes este poder que tengo aquí en el escritorio a fin de representarte en los trámites del pago, que en este país son algo lentos, tú sabes como es nuestra burocracia latina... Mis dos colegas aquí presentes servirán de testigos. Es todo lo que se necesita. Una vez que firmes el documento, puedes regresar tranquilamente. Yo me quedaré aquí unos días para enfrentar la nutrida tramitación de las platas que será, como se adivina, al puro estilo criollo. En una semana más estaré de regreso y tendrás tu platita... ¿Qué te parece? ¿Estás conforme?
A Vidales no le quedó más remedio que asentir. En medio de su timidez, solo se atrevió a preguntar:
–Pero, profesor Schmidt: necesitaría algún dinero para costear los gastos del regreso...
–¡No faltaba más, amigo Vidales! ¡Cómo se te ocurre que te voy a dejar en un país extraño y al garete? ¿Te ayudarían unos mil dólares? ¿Sí? ¡Aquí los tienes, en billetitos recién salidos del horno! Ya llegará el momento de descontarlos, ¿de acuerdo?
El profesor recibió el fajo con cierta vergüenza, más que por el dinero, por la decepción que acababa de sufrir al ver malgastadas todas sus horas de estudio, trabajo y reflexión en madurar aquella malhadada ponencia... –¡En fin– pensó para sus adentros–. Dios sabe lo que hace: por lo menos la ponencia se va a publicar en una revista científica importante... No todo está perdido. Hecho lo cual, después de firmar el poder y de despedirse de su rector y colegas, se retiró algo desencantado, pero alentado en parte con el consuelo de que, después de todo, recibiría una bonita suma que le sería de gran utilidad para saldar sus numerosas deudas y comprarle algunas cosillas de regalo a su querida mujer y retoños...
*
*                                        *

Cuando estuvo de vuelta en su país, el profesor Vidales se dedicó de lleno a sus clases, y en el hogar, a su amada y querendona familia. El único problema que trajo al regreso de su infructuoso viaje fue el del vil dinero faltante. Esperaba aún confiado en que el retorno del rector daría por fin término a su agobiante crisis financiera...
Por desgracia, no pasó mucho tiempo antes que llegara la amarga noticia: Adolfo Schmidt se había hecho humo. Desde el exterior un fax anunciaba que la Policía Internacional andaba buscando afanosamente a un personaje de ese nombre, cuyo delito no era otro que el de haber estafado por varios millones de dólares a los docentes de diversas universidades americanas ideando simposios imaginarios. A raíz de aquello, la Universidad convocaba a una nueva elección de rector.

Diana de Gales y Teresa de Calcuta, dos reinas contrapuestas.

Reinas de Corazones, por siempre.

                                                                                                Por Silvia M. Pettorino.


Auras doradas de un cielo cercano:
de Gales, Diana; de Calcuta, Teresa,
perlas de luna en un mundo pagano,
ella era Santa, aquella Princesa.


Diana lucía dorada diadema real,
era dulce y graciosa como la más bella diosa;
Teresa, vestía una cofia de azul celestial.
Rodaba el rosario en sus manos callosas.


Diana en la fosa por la turba adorada
bajo el sino mortal de su amor ardiente.
Teresa en vida plena venerada,
por su lucha contra el hambre y la muerte.

                                                                             
Rosa trágica de la húmeda Inglaterra,
estela de rocíos y de llanto
perfumes de amor dejaron tus huellas
al surcar las heridas de las almas.


Extraviadas por reales designios,
las promesas expiraron sin piedad;
ocultas bajo el gélido armiño,
yace tu piel de témpano en soledad.


Santa de Calcuta, labradora:
bajo el ardiente sol de la India, sembraste la paz,
plantaste en sufrientes corazones,
semillas de consuelo y de bondad.


Tendréis un ancho sendero en el espacio,
pues en las cumbres ya remontasteis esta tierra mortal;
os iréis caminando, sobre un lecho de rosas,
¿seréis  tenidas por siempre como diosas de verdad?
¿O seréis ignoradas mañana en vuestras derruidas fosas?

El mongolito está preso. ¡No sabe lo que es eso!

El mongolito.

                                              Por Félix Pettorino.

         Arropado en una vieja manta raída, sobre este lecho de roca, he sido mandado por el Supremísimo Magistrado para que este muchachón grabe sus últimas impresiones antes de pasar a la Cana Mayor por decisión inapelable del Tribunal de Casación. Soy el Celador de esta XIIIª Sección de Detenidos y se me ha ordenado enchufar en un lugar secreto de los muros el correspondiente video-grabador. Parece que hay un interés muy especial de parte de las autoridades, tanto judiciales como policiales, por recoger sus experiencias y conexiones, particularmente las que lo han arrastrado a este oscuro recinto que, como viejo policía, tengo el deber de resguardar “hasta rendir la vida si fuese necesario”. Así reza el texto de nuestro juramento polizóntico.

         Empiezo.

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         Soy .. soy ... lo ...lo ... que la giente llama un “mongolo”.

         ¿Mamá? Nunca hey tenido una a mi lado. Icen que ella las entregó a poco de parirme. Mi hermano “El Indio” me asegura que jue por la pura impresión, al verme a mí. Es que yo soy un ser realmente “rarífico”, su pocón maltrecho, estropeado y casi convertido en un viejujo ende la más tierna infancia.

         O sea, una especie de Ente venido de otro mundo, me aseúran que de la “Mongolia”... Así me dijieron que se llama ese lugar remoto y extraño de aonde yo vengo, como toos los pobres diablos de mi especie. Allí mi giente, igualito que mí, somo chicos y rechonchos, con la piel medio colorá, porosa y perforá como la cáscara de una naranja, llena de granitos pequeñiños, entera irritá, como picá de viruela, y su poco tardos pa’ entender las cosas que atraen y divierten con tanta facilidá al resto de los humanos... Y lo digo por si no me creyeran “humano” de verdá...

         El Indio too el tiempo me catetiaba con eso de que la giente me tiene lástima, porque los “mongolos” somo harto feos y vivimo puro unos pocos años, u sea, una cacharrá de tiempo meno que los demá... Por eso sería que mi taita, en arguno momentos cariñosos, (que sí los tenía a veces mi pobre viejo querío) me llamaba: “Mi Monguito”, “Mi Peluchón”, “Mi Laguchita”, “Mi Guarenucho” y cosas por el estilo...

         Pero la verdá es que yo hey sido casi siempre re felí, tirao con honda pa’ andar siempre requete contento, la verdá es que no hubo naiden que no me encontrara alegre y, más que na, porque no estoy ni ahí con toas esas cosa de compras, regalo y diversione que anda triendo a la gente normal pior que loros en el alambrie...

         Por la contraria, yo me entretengo con los pajaritos que forman como notas musicale montaos en los alambries de la lú o con un perro chicón y pelao, pero bien bonito porque es toitito colorao, que viene too el tiempo a lamberme las manos como si yo juera el Rey de los Quiltros Callejeros...

         Contimás que se me ha puesto la idea de que mientra menos viva, más luego me voy a degolver al “Reino de los Mongólicos”, como lo llama mi viejo, aonde el Señor Mío Jesucristo les tiene reservado un lugar especial, lleno de flores, pájaros y perros coloraos pa’ las criaturas de mi raza... Y con harta harina pa’ hacer pan y harta lechuga pa’ preparar ensalás.

         Too, porque yo soy distinto a los demás y porque Dio prefiere con un cariño muy especial a los que los diferenciamos de los llamaos “niños normale”, o sea que mientra más abandonaos y pocacosa nos cache la gente, más quedrá tenerlos luego a toos pa’ llevarlos al “Reino”, aonde icen que están los Ángeles más cercanos al “Señor de los Cielos” (chapa de un conocido capo de la droga.) que, según me han contado (porque lo que es yo no lo conocía pa’ na), era tan re güeno y poeroso, que andaba repartiendo por los pueulos toitita la lechuga y los saquito de harina flol pa’ que la giente poure haga sus empanás de quieso, sus tortillitas de verdura, su pan amasao, sus sopaipilla y tanta otra cosa rica que las mujere de pueulo saben hacer tan bien, que son como pa’ chuparse los bigos... Es lo que me ha contao mi viejo querío que no sé porque se me mandó mudar y me dejó más solo que pollo en corral ajieno...

         A mí siempre me ha gustao re mucho ser distinto a los demá ... Cuando salía a la calle de la mano de mi taita, veía que todos me miraban de arriba a abajo como diciendo: “-¿De aónde salría este animalito tan feofisio?” Al principio la cara se les ponía divertía y rarona y justamente por eso yo me sentía too un señor importante al lado de ellos, hasta diría que más agraciao o, por lo muy meno, no con una mueca fea, medio de lástima y medio de sorpresa, al ver la cosa adefesia que creo que ellos me cachan...

         Pero lo que más me contentaba es que al final ellos terminaban mostrando una cara tiernucha, y como que la nostalgia le ganaba al menosprecio, o sea, se ponían requete amorosos. Y eso es lo que más me hacía latir juerte el corazón de alegría, porque aonde yo llegara, estaba sembrando el amol entre la giente, aunque todos al principio me miraran con ese gesto cómico que a mí me da tanta risa cuando me recuerdo de esas cosas...

         La giente casi siempre me ha creído un locateli o un poure güeón con patas... Yo entodavía no sé si lo soy de vera. Es que no me interesa pa’ na, andar buscando lo que a too el mundo parece gustarle. Prefiero entregarlo too, regalarlo too. Por ejemplo, la plata. Siempre que alguna gambita cae en mis manos, la boto pa’ que la recoja el primero que pase. Me divierto re mucho mirando con las ganas que pescan el moni.

         Tamién me gusta hartazo perder adrede las pocas cosas que lliegan a mis mano... Hace poco tiempo atrá, en un ataque que mi viejo ice que es de “locura mongólica”, ejé en un parque solitario la sembraera de “pertenencias personales” (así las llama el que te ije), por ser, el reló-pulsera, el anillo dorao con una piegra colorá que me regalaron pa’ mi úrtimo cumple, el chorito con argún molío y hasta el par de zapatillas de girnasia que acababa de orsequiarme el papá el Día de los Mongolos, que creo que concide con el de San Valentín o es una semana ante, no estoy muy seguro que digamo ...

         Y es que mi mayor deseo es el de hacer feliz a quien tenga la suerte de encontrar toas esas cosa que no tienen niún valor pa’ mí. A lo mejol, es un pobre torrante o un lagrón que se sarva así de acometer su pulento robo. Y yo con todo esto disfruto, mucho más que si esas cosiacas, destinás de toos moos a hacerse huira o a perderse, caso siguieran en mi poder... ¿Y pa’ qué? Si yo no exijo ni ambiciono, ni necesito na...

         Por eso siempre con mi mejol goluntá les hey pasao a los “Lolos Güena Onda” toos los saquitos con harina flol que mi viejujo les mandaba a la giente poure del bloque pa’ que los repartieran entre toa la población y así pudieran prepararse, como ya les dije, sus pancitos amasaos y sus hallullitas, que tanta farta les hace, porque casi siempre andan medios cortones del manye y pasaos por el alambrie pa’ qué les digo...

         Pero los “Güena Onda” eran casi siempre, yo diría que malagradecíos, porque, en cuanto recibían los paquetes, emprincipiaban a bajonearme gritándome un lote de lesuras, por ser: -¡Cauro güeón, dile a tu viejo tamboriao que no sea machetero y apaliaor, que no le eche tanta harina a la harina! O cuando, por eso mismo, me tiraban orjetos inmundos al golver ya pa’ mi casa. Lo que nunca me pudo caber en la mollera fue eso de “echarle harina a la harina”...¿Qué de malo puee haber en eso? Porque..., la harina es y será siempre eso, o sea, ¡harina y naa má!

         El mes pasado no má, en que entodavía era pleno verano, uno de esos diantre me empaparon el pelo con unas cáscaras de sandía a medio comer que patinaron sobre mi cabeza llegadas de no sé qué sitio. Me divertí mucho cuando vi la sorpresa de mi “dady” al llegar yo a la casa convertido en un monigote mojao como diuca y más chorreao que un guanaco de pakistanes. En el acto me pescó y me arrastró de las mechas hasta el cuarto pa’ que me cambiara de ropa al tirante, mientra me propinaba unos cuantos cachuchazos por güeón, y me tapaba con otras frases vergonzosa que má mejol no se las cuento na...

         Pero así y too, yo agaché las pailas sin chistar, porque a los pagres hay que obeecerles en too, como lo dice el cototúo libro negro que el taita tiene sobre el velaor (“La Bibla” la llaman), y lo miré de fijo con una sonrisa de oreja a oreja por lo cómico de la situación... De un repente, el güeno de mi viejo puso los ojos como platos. El pobre no sabía si reír o llorar. Al final (¡qué alegría más re grande!), soltó una juerte carcajá y me abrazó, seguramente arrepentido de sus malos moales. Y yo también me reí con gana, felí de ser en el fondo estimao por el único ser humano que creo que siempre, siempre me hay querío de verdá, a pesar de too lo que pase...

         No sé aónde se pudo haber escondío el viejo ‘e mi taita. El caso es que justo anoche, apenas no más había desaparecido el Cara de Gallo detrasito de los cerros, cuando llegaron a mi casa una tracalá de hombres vestidos de pies a cabeza con unos buzos verdes y unas letras grandototas por la esparda. Metieron mucha bulla, así es que yo me adisperté al tirante.Venían armados hasta los dientes, no había otra que obedecerles en too. Al tiro no más me sacaron a tirones de la cama donde yo dormía a pierna suelta y, así medio desnúo como estaba, puro con una camiseta y un eslip, me tiraron a empujones sobre una silla y me preguntaron a grito pelao que aónde se guardaban las lechugas y la harina flol... (Imagínen ustees: ¡la comía de los poures de la pobla!).

         Yo les mostré el refri antiguo que, como siempre, estaba apagado y de ahí sacaron too lo que pudieron, serían unos 60 ó 90 paquetitos de nailon trasparente, y se los llevaron junto conmigo en un furgón de color verde tamién. Lo raro es que no le hicieron ni caso a unos pocos atao de lechuga que estaban de cacharlas a simple vista, en la parte de má abajo del frío...No sé qué hicieron con los burtitos de harina blanquita, el caso es que se veían muy ajizaos, nerviosos y emputecidos por tan poca cosa, digo yo... Y se rieron a mandíbula batiente cuando yo, (su poco asustaón como tenía que estar ante tamaño bochinche), me atreví a decirle que cómo era posible que se llevaran la harina flol pa’ la giente más necesitá de la Pintana y que dejaran unos miserables ataos de lechuga pa’l puro recuerdo ...

         -¡O vos soy huevón o te estay haciendo!- jue toa la respuesta que recibí. Y me queé más metido que un perno, sin saber qué se proponían esos gallos del diantre...

         Y aquí estoy ahora, la verdá, sin entender ni jota qué es lo pudo haber pasao... ¿Qué de malo, digo yo, pueden tener unos saquitos de harina flol con que los vecinos de la pobla mataban el hambrie de toos los días? En verdá, no cacho na, no atino a divinar por qué esta giente tan bien uniformada y que parece decentona anda persiguiendo a los poures de una manera tan brutal. Y no digo na cómo me están tratando a mí... Por eso me explico que el viejo de mi taita se haiga hecho humo, miren que tratal con esta giente de verde es cosa harto cototúa, que no se la deseo pa’ na ni el peor arversario de Los De Abajo...

         Y a too esto, se me ha formao una tremenda pelota en la cabeza. Alguien cotorreó por ahí que hasta el propio “Señor de los Cielos” paró las chalas... ¿Quién se lo iba a imaginar? ¡Si era naa meno que el mesmo Señor, quien nos daba ese, ¿cómo lo llama mi taita...?, ...¡aah!   :“¡el maná blanco!”, y ahorita no más esté encaná toa su siervidumbre de giente pije y bien acomodá... ¿No digo yo?

         Este es un mundo de locos. Más loco que lo que yo hey estao siempre. Aunque nunca tanto ...










Elegía a un excelso protector de la fauna y flora marina.

Responso por Jacques Cousteau.


 Por Silvia M. Pettorino, 1997.

                                                Un suspiro tembloroso
                                      rasgó tus sueños de sal.
                                      El ulular del viento
                                      rompió el silencio del mar.

                                      El trajín y la codicia
                                      se fueron a descansar.
                                      El hombre cruel se humaniza
                                      ante tu vida ejemplar.

                                      Sublimaste lo terreno
                                      en tu barca de cristal,
                                      hoy navegas en los cielos
                                      con proa a la eternidad.

                                      Peces y algas de duelo
                                      ven que han perdido la paz.
                                      En busca de otros misterios
                                      ¡te has marchado, Capitán!

                                      Ungido en albas espumas
                                      tras tus andanzas de mar,
                                      te hermanaste en las honduras
                                      con pez, molusco y coral.

                                      Tus delfines y ballenas
                                      se ocultan en el azul
                                      La ambición está despierta:
                                      ¡cuánta falta me haces tú!

                                      Caballero de la vida,
                                      paladín de lo creado:
                                      fundaste una dinastía
                                      El saqueador ha callado.

                                      Desde un ventanal nortino,
                                      tejo en algas mis recuerdos
                                      y en vuelo de aires marinos
                                      te envío este último verso.


Un acto de real amor: ¿trae siempre consigo más amor?

Breve diario de vida.

                                                                          Por Félix Pettorino.

3 de abril: ¡Qué contento estoy! Estoy nadando en mi saquito como si fuera un pirigüín bajo el agua. Y eso que apenas tengo siete semanas de vida. ¡A que no adivinan qué cosa soy! Con los datos que acabo de dar, no habría cómo perderse... A ver, a ver... ¡Sí, sí! A la una, a las dos  y ... ¡Adivinaron! ¡Soy un embrión humano!

Así como me ven, me hallo “vivito y coleando”, de lo más contento... Mi madrecita no parece haberse dado cuenta ni un poco así de mis movimientos dentro de su guatita... será por lo pequeñito que soy..., aunque la noto un poco inquieta, parece que nerviosa por la novedad que significa mi presencia en su guatita... De todos modos, no importa mucho, porque, ya lo estoy viendo: ¡cómo se irá a alegrar cuando sepa que estoy “vivito y coleando” y que en unos meses más va a tener un nuevo hijo que soy yo! Y para más premio, yo voy a tener también ¡un hermanito! ¡Qué feliz me siento! No me canso de darle gracias a mi Buen Dios por estar tan sano y permitirme que flote así, tan blandito, meciéndome como si estuviera descansando sobre una nube de algodón.

Y sin hacer otra cosa  que esperar y esperar, creciendo un pichintún cada día... ¡Cómo deseo estar afuera para recibir todas las caricias que me van a dar todos, empezando por mi madrecita! ¡Oh, mamita mía querida, Dios te escogió para que yo fuera tuyo! ¡Cómo ansío estar en tu regazo, para que me arrulles con toda la ternura que guardas en tu corazón de mujer y me hagas beber ese néctar tuyo, que es el mas dulce alimento de la vida!

5 de mayo: ¡Por fin mis papás lo supieron! Hace unos pocos días noté que mi mamá se había puesto más ansiosa que de costumbre, andaba de acá para allá, no tenía apetito, se retorcía a cada rato las manos y hacía cosas que me apretaban un poco dentro de mi saquito. Los retorcijones que se le formaban dentro de la guatita a causa de su nerviosismo apenas si me daban trechos para coletear a mi gusto, como lo podía hacer al principio, cuando era mucho más chiquitito.

13 de junio: Un caballero que la apretujaba y que a cada rato le daba besos (y que, como supe después, era nada menos que mi futuro papá) la acompañó a una casa grande donde trabajaba un señor de lentes para que la examinara, así es que me fotografiaron en una pantalla de tele llamada “monitor”. A pesar de que mi pequeña figura se veía algo borrosa, ya se alcanzaba a notar algunas cositas: mis orejas demasiado grandes para mi gusto, mi pirulín (soy un varoncito) y cómo me están empezando a crecer los deditos de las manos y de los pies, que parece que crecieran un centímetro a la semana...

Yo quería saludar a mis dos “viejitos” meneándoles las patitas, ¡qué amorosos se ven los dos tan juntitos! Pero estaban demasiado enfrascados conversando con el caballero de la pantalla sobre algo que no pude oír, pero que de seguro tenía mucho que ver conmigo, porque mostraban a cada rato mi figura en el monitor (creo que no es lo que pudiera llamarse “bella”, aunque sí creo que era un poquitín graciosa). En una de esas, me di cuenta de que me nombraban con una palabra que, por lo menos a mí, me sonaba mal: el FETO, y mi mamá se echó a llorar como desconsolada, yo creo que de emoción al verme tan chico y tan indefenso o también, por haber oído la palabrota con que me bautizaron...

Así es que me puse de nuevo a hacerles travesuras y a darme las volteretas más divertidas que era capaz de hacer dentro de mi saquito para ver si podía reanimarlos un poco..., pero mi pobre mamá, mientras más me veía jugar, más lloraba, le debería doler, ¡pobrecilla! Pensándolo mejor, decidí quedarme bien sosegado hasta que apagaron la pantalla y se fueron murmurando algo que no alcancé a entender muy claro.

Parece que se trataba de una operación que le van a hacer a mi mamá cuando yo nazca. Y los comentarios acerca de lo que piensan hacer conmigo, creo yo que son para mantenerme cada vez más robusto y presentable posible... Y también, más contento de llegar a tener, en unos meses más, una mamacita, ¡la mejor del mundo!. Sé que mi “viejita” me va a querer mucho, mucho, se nota que es muy amorosa y sensible. Por eso lloró tanto en cuanto me divisó como un pobre feto desamparado y deforme. Se me está poniendo en la cabeza que, a lo mejor, me ha encontrado más bien feo y no el bello bebé que ella esperaba tener... Pero yo, para consolarla, me voy acurrucar en su regazo bien amorosamente y bien calladito, tratando de no llorar ni un poco así, de no molestarla en nada, cuando ¡por fin! salga de su guatita a cobijarme entre sus brazos...

Y con el amor que tienen todas las madres del mundo por sus criaturas, seguro que me va a hallar hasta bonito, al menos por ser el retoño que trajo al mundo el amor que se nota que le tiene a mi viejo querido... ¡Y nunca, nunca, dejaré de amarla como la mamá más linda del mundo que ella es! ¡Me doy una vuelta de carnero de lo puro feliz que estoy!

25 de junio: Hoy me están llevando de noche a una casa muy grande, sombría y silenciosa. Me da un poco de miedo sentir cómo mi mamá camina medio cojeando por sus oscuros pasadizos. ¡Qué dulce e indefensa se ve ella, tanto que se preocupa y se aflige por mí, su hijo querido! Ahora la han puesto sobre una camilla. Creo que es para que ambos estemos más cómodos, cuando el caballero que oficia de doctor la examine. A mí lo que más me está gustando es la abnegación y el interés con que la atienden y la cuidan. ¡Y qué agradable es sentirse todo el tiempo así, en la tibieza tan suavecita del nido que se ha formado adentro de su guatita! Me siento realmente en la gloria...

         Es extraño que haya venido sola, sin ese señor que me pareció que iba a ser mi papá a la que trataba con tanto cariño. Veo que habla muy nerviosa con un señor de blanco que podría ser el doctor, pero no, porque tiene una cara muy fea y mal agestada... Y me da mucho miedo...

         -¡Ayayay! Sentí un pinchazo en la espalda. Me está doliendo mucho... ¡Socórreme, mamita! Casi no te puedo ver con la sangre que me brota de mis pequeños pulmones...¡Ese señor de blanco parece que no sirve! Al paso que va, no me voy a poder librar de sus garras. Creo que me quiere matar... Mamita querida: Haz algo por mí, te lo pido por Diosito santo..., porque tú deseas que yo nazca, ¿no es cierto? ¡Ay! ¿Estaré muy enfermo para que me traten así?  ¿O es porque apenas si soy un “feto feo” del que hay que deshacerse?

-No, no es así, mamita, te prometo que una vez que nazca voy a ser una guagua, a lo mejor algo feúcha, pero querendona como ninguna, ya lo verás, ya... lo... ve... rás. ¡No dejes de quererme, madre mía! Si pudieras verme cómo me estoy ahogando en mi propia sangre, que también es... es la tuya! ¡Aparta, te lo suplico, a ese horrendo hombre de blanco! No... no... dejes que... que... me mate, mam, mam, te... te... lo... pido... por... por Dios! ... Y yo... yo... que... que... te... quería... tan... tan... to..., yo... yo, que... i... i... ba... a... a co-... no... cer... te y ... y... a ... dadadar ... te gra... gra... cias..., mam... ¡Aaaaaaaaaay...! ¡Te ...a ... a... diós....., mammmm!